Salud

Gente así… con el síndrome de Quico, porque los logros de otros se convierten en su molestia

Celeste Pérez.

Gente así… con el síndrome de Quico, porque los logros de otros se convierten en su molestia

Víctor Ramírez/LD Durante mi infancia, como la de millones de latinoamericanos, la serie ‘El Chavo del 8’ , creada por Roberto Gómez Bolaños "Chespirito" formó parte de muchas tardes frente al televisor.

Entonces era solo un programa para reír, una sucesión de personajes pintorescos y situaciones divertidas que parecían no tener más propósito que motivar una sonrisa.

Sin embargo, los años tienen una forma curiosa de hacernos ver el significado de las historias.

Hoy, desde la experiencia que da el tiempo, vuelvo a mirar aquella vecindad y descubro que cada personaje encierra una lección sobre la condición humana.

Y Quico me recuerda un comportamiento que encuentro con frecuencia en la vida adulta.

En realidad, Quico no era un niño malo.

A simple vista tenía mucho más que quienes lo rodeaban: juguetes, atención, comodidades y una madre que lo consentía sin reservas.

Sin duda, 90% del pastel le pertenecía, sin embargo, había algo que le incomodaba: cualquier pequeño logro de otra persona.

Si El Chavo jugaba con una pelota hecha de papel, Quico buscaba una enorme pelota de colores.

Pero la verdadera intención no era disfrutarla.

Lo importante era demostrar que tenía algo mejor.

Con el paso de los años he comprendido que Quico también es una metáfora.

Se refiere a esas personas que, aun teniendo mucho, parecen incapaces de sentirse plenamente satisfechas cuando alguien más encuentra una pequeña razón para celebrar.

Aunque el llamado "síndrome de Quico" no existe como diagnóstico psicológico ni forma parte de ninguna clasificación clínica, la expresión se usa popularmente para describir una conducta que resulta sorprendentemente común, y es la necesidad de compararse constantemente, y la incapacidad de alegrarse genuinamente por los logros ajenos.

Lo más interesante es que estas personas rara vez son las que menos tienen.

Con frecuencia ocurre exactamente lo contrario.

Son profesionales talentosos, exitosos, admirados, con experiencia, reconocimiento y oportunidades.

Personas que han construido carreras sólidas y que cuentan con recursos que otros desearían tener.

Pero algo parece alterar su equilibrio cuando alguien a su alrededor recibe una promoción, inicia un proyecto, obtiene reconocimiento o simplemente encuentra una oportunidad para avanzar.

No les molesta necesariamente lo que les falta.

Les molesta lo que el otro consiguió.

Es una conducta que suele hacerse especialmente visible en ambientes corporativos, donde, muchas veces, quien piensas que es una persona cercana termina transformando cada comentario en rivalidad silenciosa, incluso, tratando de involucrar a otros para buscar apoyo.

Profesionales que celebran en público y cuestionan en privado.

Personas que minimizan los logros de sus compañeros, que encuentran defectos en cada éxito ajeno, nadie para ellos es merecedor y convierten cualquier avance de otro en una amenaza personal.

Y así pasan los días, mientras algunos concentran su energía en crecer, aprender y construir, otros invierten gran parte de su tiempo observando quién avanza más rápido, quién recibe más atención o quién ocupa una posición más visible.

Y esa diferencia marca una enorme distancia emocional.

Porque una persona segura de sí misma suele inspirarse en el éxito de otros.

Una persona atrapada en la comparación lo interpreta como una derrota propia.

Quizá por eso el verdadero problema nunca ha sido la falta de recursos, de talento o de oportunidades.

El problema aparece cuando alguien pierde la capacidad de reconocer su propio valor sin necesidad de disminuir el de los demás.

La paradoja es compleja.

Tienen una mesa abundante, pero observan el plato del vecino.

Reciben reconocimiento, pero se incomodan cuando alguien más también lo recibe.

Poseen oportunidades, pero sienten inquietud cuando otro encuentra una puerta abierta.

Y mientras más pendientes están del recorrido ajeno, menos disfrutan el propio.

No siempre lo hacen de manera evidente.

A veces se esconden detrás de una sonrisa amable, de una felicitación diplomática o de una observación aparentemente inocente.

Por eso, aprender a identificar esas personas es un acto de protección emocional.

No para responderles con la misma energía, sino para preservar la paz interior y comprender que no todas las personas que caminan a nuestro lado están preparadas para celebrar nuestro crecimiento.

La vida me ha enseñado que el crecimiento de otro no disminuye nuestras posibilidades.

La luz ajena no apaga la propia.

Al contrario, quienes viven desde la gratitud suelen encontrar inspiración donde otros encuentran amenazas.

Quizá por eso una de las mayores muestras de madurez consiste en alegrarse sinceramente cuando a alguien le va bien.

Quien ha aprendido a valorar lo que tiene no necesita vigilar lo que poseen los demás.

Y esa es, tal vez, la enseñanza más profunda que me deja aquel personaje que durante años me hizo reír desde una vecindad imaginaria.

En realidad, la verdadera riqueza no está en tener más que otros, sino en ser capaz de disfrutar en gratitud lo que nos toca.

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