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¿Para qué quieren ser presidente?

¿Para qué quieren ser presidente?
¿Para qué quieren ser presidente?

Entre tú y yo, la pregunta más importante en una elección no es quién será presidente, sino para qué quiere serlo.

¿Para qué quieren ser presidente?

En los próximos meses aparecerán nuevos aspirantes a la Presidencia de la República.

Escucharemos propuestas, promesas y discursos.

Es parte natural de la democracia.

Pero, antes de preguntarnos quién podría ganar las elecciones de 2028, conviene formular una pregunta todavía más importante: ¿Para qué quieren ser presidente? La respuesta parece obvia: para gobernar.

Pero esa explicación apenas describe el cargo; no revela el propósito que impulsa a una persona a aspirar a la más alta responsabilidad del Estado.

Las motivaciones pueden ser muy distintas.

Habrá quienes estén animados por una auténtica vocación de servicio y el deseo de transformar el país.

Otros querrán dejar un legado.

Algunos se sentirán atraídos por el prestigio, la influencia o el poder que acompaña al cargo.

Y no faltarán quienes persigan intereses más personales que colectivos.

Nunca podremos conocer con certeza las razones que habitan en la conciencia de un candidato.

Y tampoco nos corresponde hacerlo.

En una democracia no estamos llamados a juzgar intenciones.

Estamos llamados a evaluar trayectorias, conductas y decisiones.

Se suele decir que el poder cambia a las personas.

Yo creo que es más exacto afirmar que las revela.

El poder no cambia a las personas; les impide seguir fingiendo quiénes son.

Por eso importa menos lo que un candidato promete que la forma en que ha actuado cuando ha tenido responsabilidades.

¿Ha administrado con integridad? ¿Ha colocado el interés general por encima de su conveniencia? ¿Ha demostrado sentido de Estado cuando las circunstancias exigían decisiones difíciles? Las campañas permiten conocer el proyecto de gobierno que un candidato propone.

El ejercicio del poder permite conocer el proyecto de persona que realmente representa.

Gobernar significa decidir.

Y decidir implica asumir costos.

Significa decir «no» cuando todos esperan un «sí»; adoptar medidas impopulares cuando resultan necesarias; pensar en las próximas generaciones antes que en las próximas elecciones, y aceptar el costo político de hacer lo correcto antes que lo conveniente.

Existe una diferencia entre administrar un gobierno y construir un país.

Quien gobierna pensando únicamente en la próxima elección suele privilegiar las decisiones que producen aplausos inmediatos.

Quien gobierna con visión de futuro está dispuesto a impulsar reformas cuyos beneficios quizá no alcance a disfrutar.

Las elecciones duran un día; las decisiones presidenciales pueden marcar el destino de una nación durante décadas.

La verdadera campaña de un gobernante comienza el día que gana las elecciones.

A partir de ese momento, cada decisión responde, mejor que cualquier discurso, para qué quiso llegar al poder.

No es lo mismo desear el poder que estar preparado para ejercerlo.

La Presidencia de la República no debería ser el premio para quien más la desea, sino la mayor responsabilidad que un ciudadano puede asumir al servicio de su nación.

Hasta aquí hemos hablado de quienes aspiran a gobernar.

Pero también debemos hablar de nosotros.

Los presidentes no llegan al poder por casualidad.

Los elegimos los ciudadanos.

No elegimos solamente a una persona.

También elegimos una forma de ejercer el poder.

Cada elección envía un mensaje sobre las conductas que una sociedad recompensa y las que está dispuesta a tolerar.

En buena medida, la calidad de nuestros gobernantes también refleja la calidad de nuestras decisiones.

Cada voto expresa mucho más que una preferencia política.

Expresa los valores que una sociedad decide premiar.

Si premiamos únicamente la popularidad, el espectáculo o las promesas, no deberíamos sorprendernos por los resultados.

Si, por el contrario, premiamos la trayectoria, el carácter, la preparación y la vocación de servicio, estaremos fortaleciendo nuestra democracia.

Entre tú y yo, quizá nunca sepamos para qué alguien quiso ser presidente.

Pero sí podremos saber para qué utilizó el poder cuando lo tuvo en sus manos.

Porque las campañas terminan, los discursos se olvidan y el poder pasa.

Lo que permanece son las decisiones y el país que esas decisiones dejan como herencia.

Por eso, antes de preguntarnos quién merece nuestro voto, conviene responder una pregunta más profunda: ¿para qué quiere ser presidente? La respuesta no estará en el discurso mejor pronunciado, sino en la trayectoria mejor demostrada.

Porque, al final, un presidente no se define por lo que promete antes de llegar al poder, sino por lo que decide hacer cuando ya lo tiene.

joaquinjoga@gmail.com Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES PROTECCIÓN TEMPORAL reino Unido el salvador Edición impresa sudáfrica.

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