Algo está ocurriendo en América Latina.

Elección tras elección, gobiernos que parecían fuertes han sido derrotados, partidos tradicionales han perdido espacios y nuevas figuras —algunas jóvenes, otras provenientes de fuera de las estructuras políticas convencionales y otras representantes de un cambio ideológico— han conseguido llegar a la Presidencia.
No existe una explicación única. Tampoco sería correcto decir que todos estos nuevos mandatarios representan exactamente lo mismo. Pero existe un elemento que comienza a repetirse: el elector latinoamericano está demostrando que ya no tiene miedo de cambiar.
Cuando siente que un gobierno, un partido o una generación política no está resolviendo sus problemas, busca otra alternativa. Y en algunos países ese cambio ha sido verdaderamente generacional.
Ecuador: Daniel Noboa y una Presidencia a los 35 años
Daniel Noboa constituye probablemente uno de los ejemplos más claros. Llegó por primera vez a la Presidencia de Ecuador en 2023 con apenas 35 años, convirtiéndose en uno de los mandatarios más jóvenes del continente.
Posteriormente volvió a someterse a las urnas y derrotó en 2025 a Luisa González, consolidándose para un período presidencial completo.
Noboa demostró que una generación que tradicionalmente era considerada demasiado joven para gobernar podía asumir directamente la conducción de un Estado. Su llegada planteó una pregunta incómoda para las estructuras partidarias latinoamericanas: ¿por qué una persona preparada tiene necesariamente que esperar 20 o 30 años dentro de un partido para tener derecho a dirigir?
El Salvador: Nayib Bukele rompió el bipartidismo
Antes de Noboa ya había ocurrido otro terremoto político. Nayib Bukele ganó la Presidencia de El Salvador en 2019 con 37 años. Pero su importancia no estuvo solamente en su edad.
Su victoria rompió décadas de dominio político de ARENA y el FMLN, las dos grandes estructuras que habían controlado la política salvadoreña después de la guerra civil. Posteriormente, Bukele consiguió una victoria aplastante para continuar gobernando.
Su modelo genera fuertes debates dentro y fuera de El Salvador, particularmente alrededor de seguridad, instituciones y concentración del poder. Pero electoralmente dejó una enseñanza indiscutible: ningún sistema bipartidista es eterno cuando la población decide que quiere algo diferente.
Costa Rica: Laura Fernández y otra generación en el poder
Costa Rica añadió en 2026 otro caso importante. Laura Fernández, con 39 años, ganó las elecciones presidenciales y asumió el gobierno en mayo. Su victoria representa otro ejemplo de una generación que ya no está esperando llegar a los 60 o 70 años para aspirar a las posiciones más importantes del Estado.
Costa Rica demuestra además que este fenómeno no ocurre solamente en países sometidos a grandes crisis institucionales: también aparece dentro de democracias tradicionalmente estables.
Paraguay: Santiago Peña, renovación dentro de un partido histórico
Santiago Peña ganó la Presidencia paraguaya en 2023 con 44 años, derrotando a Efraín Alegre. Su caso ofrece otra lección: Peña pertenece al histórico Partido Colorado. Por tanto, la renovación generacional no necesariamente significa destruir los partidos tradicionales.
Y ahora Brasil: 45 años contra 80
Y entonces llegamos a Brasil. Lo sucedido este 4 de octubre de 2026 posiblemente sea una de las señales políticas más importantes de todo el continente.
El senador Flávio Bolsonaro, de 45 años, obtuvo 47,03 % de los votos válidos, equivalentes a 56.104.268 votos. El actual presidente Luiz Inácio Lula da Silva, de 80 años, consiguió 45,16 %, con 53.876.617 votos. Son cifras oficiales del Tribunal Superior Electoral brasileño.
La diferencia fue de más de 2,2 millones de votos. Y como ninguno superó el 50 %, Brasil tendrá una segunda vuelta el próximo 25 de octubre.
Por tanto, hay que ser rigurosos: Flávio Bolsonaro todavía no es presidente electo de Brasil. Pero lo ocurrido en primera vuelta tiene un enorme peso simbólico.
Lula es uno de los políticos más importantes de América Latina de las últimas décadas. Tiene 80 años y ha sido protagonista de la vida sindical y política brasileña durante cerca de medio siglo. Frente a él aparece ahora un candidato de 45 años que consiguió terminar primero en la votación.
Flávio tampoco es un outsider: es senador, fue diputado estatal y es hijo del expresidente Jair Bolsonaro. El propio TSE confirma su trayectoria política. Por eso Brasil no debe utilizarse como una historia simplista de "nuevo contra viejo". Pero el contraste generacional existe: 45 años contra 80. Y más de 56 millones de brasileños escogieron al candidato de 45 años en primera vuelta.
La elección brasileña se ha convertido así en una batalla no solamente ideológica, sino también entre dos generaciones políticas.
¿Qué tienen en común todos estos casos?
No es la edad. No es la derecha. No es la izquierda. No es siquiera ser outsider. Lo que tienen en común es algo mucho más importante: el elector está dispuesto a cambiar.
Ecuador eligió a Noboa. El Salvador llevó a Bukele al poder y posteriormente lo ratificó. Costa Rica eligió a Laura Fernández. Paraguay apostó por Santiago Peña. Argentina eligió a Milei. Bolivia cambió con Rodrigo Paz. Chile pasó de Boric a Kast. Colombia eligió a De la Espriella. Perú llevó a Keiko Fujimori finalmente a la Presidencia. Y Brasil acaba de colocar a Flávio Bolsonaro delante de Lula en primera vuelta.
El mapa actualizado de la región confirma a Milei en Argentina, Paz en Bolivia, Kast en Chile, De la Espriella en Colombia, Noboa en Ecuador, Peña en Paraguay y Fujimori en Perú. Son historias diferentes, pero todas deberían ser estudiadas por los partidos políticos latinoamericanos.
La gente puede cansarse de los mismos
Durante décadas, en muchos países latinoamericanos se construyó una cultura política basada en esperar turnos. Un joven entra a un partido, tiene que esperar. Aspira a una posición, tiene que esperar. Quiere dirigir, tiene que esperar. Y después de 20, 30 o 40 años dentro de la estructura quizá finalmente le permiten competir por las posiciones principales.
Pero la sociedad del siglo XXI funciona de otra manera. Un joven puede crear una empresa a los 25, dirigir cientos de empleados a los 30, construir una compañía tecnológica a los 35, administrar millones de dólares, estudiar en las mejores universidades, dirigir organizaciones sociales y crear proyectos internacionales.
Entonces surge una pregunta inevitable: ¿por qué para participar en las grandes decisiones políticas tendría necesariamente que esperar hasta los 60 años?
Juventud sola no basta
Pero tampoco debemos cometer el error contrario. Ser joven no convierte automáticamente a una persona en buen gobernante. Un país no se administra con juventud solamente. Se necesita preparación, experiencia, equipos competentes, conocimiento del Estado, capacidad administrativa, transparencia, sensibilidad social, visión económica y, sobre todo, resultados.
Por eso la verdadera renovación no consiste simplemente en cambiar una persona de 70 años por otra de 35. La verdadera renovación ocurre cuando cambia también la manera de gobernar.
¿Y República Dominicana?
Todo este movimiento regional debería provocar una profunda reflexión en República Dominicana. Nuestro país también tiene dirigentes que llevan 20, 30 y hasta 40 años ocupando espacios centrales de la vida política. Algunos han pasado prácticamente toda su vida adulta dentro del Estado o de las estructuras partidarias.
Eso no significa que deban ser excluidos. La experiencia tiene un enorme valor. Pero tampoco significa que la experiencia otorgue un derecho permanente sobre el poder.
República Dominicana tiene hoy una generación completamente diferente: una generación criada con internet, redes sociales, comercio electrónico, emprendimiento, inteligencia artificial, nuevas profesiones y acceso instantáneo al conocimiento mundial. Una generación que observa lo que ocurre en Ecuador, El Salvador, Argentina, Colombia, Costa Rica y Brasil.
Y tarde o temprano esa generación puede comenzar a hacerse una pregunta: ¿cuándo nos toca a nosotros? No como una exigencia de poder por edad, sino como una exigencia de participación, de oportunidades, de renovación y de competencia abierta.
Los partidos que no se renueven pueden pagar el precio
La mayor advertencia que dejan estas elecciones quizás sea para los propios partidos políticos. Cerrar las puertas a nuevas generaciones puede funcionar durante un tiempo, pero no para siempre.
Cuando los ciudadanos sienten que dentro de los partidos tradicionales no existe posibilidad de renovación, pueden buscarla fuera. Ahí aparecen nuevos movimientos, nuevos candidatos, outsiders, figuras disruptivas. Y estructuras que tardaron 30 o 40 años en construirse pueden desplomarse electoralmente en una noche.
Por eso el verdadero desafío para los partidos tradicionales no consiste en combatir a los jóvenes: consiste en integrarlos antes de perderlos.
El poder no es propiedad de una generación
América Latina está enviando una señal. No significa que todos los políticos tradicionales serán derrotados. Tampoco significa que todos los candidatos jóvenes ganarán. Significa algo mucho más democrático: ninguna generación tiene escriturado el poder.
La experiencia merece respeto. Pero la juventud también merece oportunidades. La trayectoria importa. Pero los resultados importan todavía más. Y permanecer durante 30 o 40 años dentro de la política no puede convertirse automáticamente en argumento suficiente para pedir otros cuatro, ocho o doce años de poder.
El ciudadano tiene derecho a cambiar. Tiene derecho a probar nuevas opciones. Tiene derecho a exigir nuevas ideas. Y tiene derecho a decir que llegó el momento de otra generación.
Brasil tendrá la próxima gran palabra el 25 de octubre. Flávio Bolsonaro, 45 años. Lula da Silva, 80. Dos generaciones. Dos proyectos. Dos visiones políticas enfrentadas.
Pero independientemente de quién gane, América Latina ya está enviando un mensaje que República Dominicana debería escuchar: los pueblos respetan la historia, pero votan pensando en su futuro.
Y cuando una sociedad comienza a sentir que quienes llevan décadas administrando el presente ya no representan ese futuro, ninguna estructura política, por poderosa que parezca, puede impedir indefinidamente el cambio.



