

A la economía de Brasil le está yendo bien según casi todos los indicadores.
Las malas vibraciones de Brasil
El PIB ha crecido en torno al 3% durante tres años consecutivos, el desempleo se encuentra en mínimos históricos y la inflación ha caído de un máximo pospandémico de más del 12% a alrededor del 4%.
Sin embargo, con las elecciones presidenciales a la vuelta de la esquina este mes de octubre, Brasil -al igual que Estados Unidos durante la presidencia de Joe Biden- parece estar sufriendo una “vibracesión”.
A pesar de la solidez de los datos macroeconómicos, la mitad de los brasileños cree que la economía ha empeorado durante el último año, mientras que solo uno de cada cuatro piensa que ha mejorado.
Esta desconexión no es algo nuevo.
El período 2022-24 fue un auténtico calvario para los gobernantes en el mundo democrático.
Desde Estados Unidos y el Reino Unido hasta Francia y Japón, quienes estaban en el poder pagaron un precio por una crisis que no pudieron revertir únicamente con restricción monetaria.
Lo que hizo que la tendencia resultara tan desconcertante fue que persistió incluso allí donde los ingresos ajustados por inflación habían aumentado.
Esta dinámica hoy está bien documentada.
Cuando los salarios suben, las personas lo atribuyen a su mérito propio; pero cuando los precios suben, lo viven como algo que les han hecho.
Sus pérdidas quedan entonces grabadas en la memoria, lo que impide apreciar plenamente la estabilización económica.
Brasil no es una excepción.
En 2024, el 40% más pobre de Brasil sufrió una tasa de inflación más alta que otros grupos, ya que los aumentos de precios se concentraron en los productos básicos, y la tasa de aprobación del presidente Luiz Inácio Lula da Silva entre los votantes de bajos ingresos cayó casi 17 puntos porcentuales.
Aunque la inflación para el 40% más pobre cayó por debajo de la tasa general en 2025, los recuerdos de la penuria económica persistirán.
Asimismo, los grupos de ingresos medios y altos también se han distanciado de Lula, a pesar de que sus ingresos reales han crecido y la inflación está contenida.
La “vibracesión” ha sido especialmente brutal para Lula porque los votantes no lo comparan con sus dos predecesores inmediatos, que presidieron una economía con un crecimiento promedio que apenas superaba el 1,4% anual.
Más bien, lo juzgan en comparación con sus dos primeros mandatos (2003-2011), cuando el crecimiento del PIB promedió más del 4% y toda una generación experimentó por primera vez una auténtica movilidad social.
Por otra parte, a la primera presidencia de Lula le siguió una de las peores décadas de la historia moderna de la economía brasileña.
Dado que la mitad más pobre de los brasileños no recuperó sus niveles de ingresos reales de 2014 hasta el mandato actual, el crecimiento de hoy se percibe como una recuperación de pérdidas pasadas, no como una nueva prosperidad.
La brecha entre las aspiraciones y la realidad agrava esta sensación.
Las redes sociales han disuelto el grupo de referencia local que antes definía cómo era una vida digna.
Un trabajador informal de la periferia de San Pablo hoy consume los mismos feeds que una persona de clase media de Seúl o Milán.
Cuando las aspiraciones superan los ingresos, la deuda de los hogares llena ese vacío.
La proporción de los ingresos dedicada al servicio de la deuda aumentó del 22% en 2019 al 29,7% a finales de 2025, mientras que más del 80% de los hogares está endeudado -un máximo histórico en Brasil.
Peor aún, con tasas de interés renovables de las tarjetas de crédito por encima del 14% mensual, el pago de la deuda está reduciendo la renta disponible, lo que amplía aún más la brecha entre las aspiraciones y la realidad.
Las subidas de las tasas de interés que, supuestamente, iban a controlar la inflación han acabado agravando las dificultades financieras que alimentan el pesimismo económico.
La política monetaria está echando sal en la herida socioeconómica.
Luego está la cuestión de la calidad de los empleos.
Las inversiones realizadas en educación han creado el mayor número de graduados universitarios de la historia de Brasil, pero el mercado laboral no ha seguido el ritmo.
El porcentaje de trabajadores empleados por debajo de su nivel de calificación ha aumentado del 26% a casi el 38% en los últimos diez años.
Dado que a los brasileños con estudios universitarios se les hace difícil alcanzar la misma prosperidad que sus padres, muchos están llegando a la peligrosa conclusión de que las políticas macroeconómicas ya no importan.
Cuando se acercan las elecciones, la tentación para cualquier político sería abandonar la estrategia a largo plazo y centrarse en apaciguar a los votantes de forma inmediata.
Este enfoque suele adoptar la forma de controles de precios, créditos al consumo, transferencias fiscales o cualquier otra medida que dé la impresión de que “se está haciendo algo”.
Pero si un gobierno limita su agenda para dedicarse únicamente a gestionar el estado de ánimo a corto plazo, acabará descubriendo que ha sacrificado las únicas políticas que podrían abordar las causas subyacentes de la ansiedad económica.
En un país en desarrollo como Brasil, el crecimiento sigue siendo la condición indispensable para todo lo demás.
Cuando la economía se desacelera, los más vulnerables son los que primero pagan las consecuencias.
Resulta preocupante que la lección que muchos gobernantes han extraído de la derrota de los demócratas en 2024 sea que la política industrial no puede dar resultados dentro de un ciclo electoral.
Hay que oponerse a esta actitud.
El desajuste entre los niveles de educación y la creación de empleo ilustra precisamente dónde se necesita la política industrial.
Un gobierno proactivo vería la transición verde como una oportunidad en lugar de una carga.
Reducir la desigualdad también es importante, y este es un ámbito en el que el tercer mandato de Lula ha abierto nuevos caminos.
Después de que los dos primeros gobiernos de Lula concentraran la redistribución en la parte inferior de la escala de ingresos, ahora ha comenzado a abordar la concentración en la parte superior.
En virtud de una reforma del impuesto a las ganancias de este año, las personas con mayores ingresos ahora se enfrentan a una tasa mínima, y el gobierno aún podría ir más allá.
Los argumentos para hacerlo no se refieren únicamente a la equidad.
La fiscalidad progresiva es la forma de crear el margen fiscal para la inversión pública y los servicios sin recurrir a préstamos a tasas de interés que transfieren los ingresos de vuelta a la cima a través del pago de la deuda.
Además de la redistribución vertical, Brasil también necesita políticas horizontales para establecer niveles mínimos universales.
Las encuestas muestran sistemáticamente que las políticas con beneficiarios amplios y difusos -como el salario mínimo o los servicios públicos- crean coaliciones más resilientes que las específicas que clasifican a las personas en donantes y receptores.
La reducción de la semana laboral, aprobada recientemente por la Cámara Baja con un 71% de apoyo público, encaja en esta lógica.
Lo mismo ocurre con los subsidios al transporte público y la ampliación de la asistencia sanitaria.
El nivel de vida europeo que los brasileños ven en sus teléfonos se basa no solo en salarios más altos, sino en la socialización de una parte significativa de los costos.
Eso no puede suceder de la noche a la mañana.
Un gobierno que abandona las agendas estructurales cada vez que el sentimiento se vuelve negativo seguirá gestionando los sentimientos cuatro años después -sin nada que mostrar a cambio.
La “vibracesión” es real; pero acaparar la atención mediática no es la solución.
El antídoto reside en restructurar gradualmente la economía para que el crecimiento llegue a la gente, los servicios públicos reduzcan el costo de la vida y la estructura productiva pueda absorber a la población que ha capacitado el sistema educativo.
Brasil tiene todas las piezas.
No debe perder la fe en su capacidad para encajarlas.
Laura Carvalho es directora de Prosperidad Económica y Climática en Open Society Foundations y profesora asociada de Economía en la Universidad de San Pablo.
Guilherme Klein es profesor de Economía en la Universidad Federal de Río de Janeiro y coordinador de Política Macroeconómica en el Centro de Investigación sobre Macroeconomía de las Desigualdades.
Copyright : Project Syndicate, 2026.
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