Entienda el giro a la derecha y la pugna entre Washington, China e Israel
América Latina entra en una disputa geopolítica donde el giro a la derecha no es solo electoral, sino resultado de presiones externas y alineamientos estratégicos. Para los dominicanos, este reordenamiento regional plantea interrogantes sobre soberanía, dependencia y el lugar del país en un continente fragmentado.
El ascenso de la derecha en varios países latinoamericanos no surgió de la nada. El desgaste de gobiernos progresistas, la inseguridad, la corrupción y el malestar económico alimentaron un voto de castigo que abrió espacio a liderazgos conservadores o de ultraderecha. Ese cansancio social explica parte del fenómeno, pero no agota la historia: una vez abierta la puerta, Washington y sus aliados encontraron un terreno fértil para recomponer influencia.
La segunda presidencia de Trump ha dado un tono más agresivo a la política hacia América Latina, con presión comercial, endurecimiento migratorio, intervenciones electorales y una visión explícita del hemisferio como zona de control estadounidense. Varios análisis describen este giro como una reedición de la Doctrina Monroe adaptada al siglo XXI, donde el objetivo central es excluir a competidores extrahemisféricos, especialmente China. En ese marco, el apoyo a gobiernos de derecha no es un detalle: es una herramienta.
Lo que está en juego no es solo ideología, sino infraestructura, tecnología y soberanía económica. China ha ampliado su presencia comercial y diplomática en América Latina durante dos décadas, y eso la convirtió en un rival directo de Washington en sectores estratégicos. Desde puertos y energía hasta telecomunicaciones y financiamiento, el reordenamiento político de la región busca también reducir ese margen de avance chino. Por eso muchas derechas latinoamericanas aparecen hoy como piezas funcionales a una estrategia de contención.
Israel ocupa un lugar cada vez más visible en esta arquitectura de alianzas. Legisladores de más de diez países latinoamericanos firmaron principios de cooperación proisraelí en Buenos Aires, en un esfuerzo explícito por profundizar vínculos económicos, de seguridad y tecnológicos. En países como Argentina y Colombia, la cercanía con Israel se expresa en gestos diplomáticos, promesas de embajadas en Jerusalén y una agenda exterior fuertemente alineada. No se trata de un poder omnipotente, pero sí de un socio útil para gobiernos que priorizan seguridad, control e intensificación del vínculo con Washington.
El problema es que esta reconfiguración tiene un precio político alto. Cuando un país adapta su política exterior a los intereses de una potencia, pierde margen para negociar con otros actores y para definir una estrategia nacional propia. En vez de construir autonomía, la región corre el riesgo de quedar atrapada entre lealtades importadas y dependencias cruzadas. La soberanía no se debilita de golpe —se erosiona por capas, cuando la agenda doméstica empieza a seguir prioridades ajenas. La nueva derecha latinoamericana no es solo el resultado de un hartazgo social real; también es el punto de encuentro entre presiones externas y alineamientos estratégicos.



