

La administración pública no puede convertirse en refugio de intereses particulares ni en escenario de privilegios.
El poder público exige conciencia moral
Los bienes del Estado pertenecen al pueblo y, especialmente, a los más pobres, que son los primeros afectados cuando la corrupción, la indiferencia o la ineficiencia se apoderan de las instituciones.
Mientras muchos se aprovechan de los bienes comunes hay un enfermo sin medicinas, un estudiante sin oportunidades, una familia sin techo digno y sectores privados de servicios esenciales.
La función pública exige una conciencia moral rigurosa.
El cargo público no es un privilegio, sino un mandato de servicio y de rendición de cuentas.
Ninguna sociedad puede prosperar cuando quienes deben custodiar el bien común se convierten en sus depredadores.
Exigimos funcionarios que trabajen con manos limpias y conciencia recta.
Que nunca se les olvide que sus actos están sometidos al juicio de la conciencia y de la historia, y por tanto sepan anteponer el bien común a cualquier interés personal o partidista.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
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