Justicia

Marte Alberdi y ‘Un hijo propio’: la presión invisible detrás del deseo de ser madre

Escena de Un hijo propio, filme dirigido por Maite Alberdi.

Courtesy of Netflix Hay preguntas que parecen inofensivas porque las hemos repetido durante generaciones.

¿Cuándo te casas? ¿Cuándo tendrás hijos? ¿Y el segundo para cuándo? Forman parte de conversaciones familiares, reuniones entre amigos y encuentros cotidianos, casi siempre pronunciadas sin mala intención.

Para la cineasta chilena Maite Alberdi, precisamente ahí se encuentra uno de los conflictos más inquietantes de Un hijo propio: en descubrir que una pregunta puede convertirse en una forma de presión incluso cuando quien la formula no es consciente de ello.

“A mí me encantaría que esa fuera como la pregunta de la película, que nos demos cuenta cuánto, sin querer y sin una intención de presionar, estamos presionando con esas preguntas inocentes que no son tan inocentes para el que la está viviendo”, explica Alberdi durante nuestra conversación.

Es una reflexión que permite entrar a una película que podría haber sido construida como un relato criminal, pero que deliberadamente decide buscar algo mucho más incómodo: no solamente qué ocurrió, sino qué condiciones emocionales y sociales hicieron posible que ocurriera.

Un hijo propio parte de la historia de Alejandra, una mujer cuya necesidad de cumplir con las expectativas asociadas a la maternidad termina conduciéndola hacia una situación extrema.

Alberdi llegó inicialmente a ella sin conocer todas las dimensiones de su historia.

Ese descubrimiento ocurrió mientras la película ya estaba en proceso y obligó a la directora a reconsiderar no sólo al personaje, sino también su propia posición frente a lo que estaba filmando.

“Yo siento que en mis otras películas no he tenido que cambiar tanto mi punto de vista y mi percepción de los personajes en el proceso”, reconoce.

En un primer momento, Alberdi había escuchado fundamentalmente la versión de Alejandra.

Después llegaron otros elementos: “Choqué con la realidad y empecé a escuchar.

Me llegó la sentencia del juicio, conocí a la jueza y a Mayira (La madre) entonces entran las otras voces que me distancian de Alejandra, pero que al mismo tiempo, entendiendo las otras voces, también me vuelvo a conectar con ella”.

Marte Alberdi en Un hijo propio Luis Antonio Rojas/Netflix Ese movimiento emocional terminó convirtiéndose en la propia estructura de Un hijo propio.

Alberdi quería que el espectador atravesara una experiencia similar a la suya: primero acercarse a Alejandra, creer en el mundo que ella construye y solo después confrontarlo con otras perspectivas.

“Si yo hubiese partido el documental con la jueza o con Mayira, uno nunca habría conectado con el contexto de Ale.

Entonces siento que traté de replicar ese viaje”, explica.

Por eso la primera mitad de la película adopta una forma que desafía deliberadamente las fronteras entre documental y ficción.

Alberdi insiste en que no se trata simplemente de reconstruir acontecimientos.

“No es una ficción y no es una recreación, sino que es la representación subjetiva de lo que ella cuenta, lo que ella se cuenta a sí misma y lo que ella cuenta para sobrevivir”.

Para la directora, esa operación tampoco pertenece exclusivamente a Alejandra.

“Todos nos contamos muchas veces versiones de nosotros mismos que a veces chocan con la realidad ”.

La idea conecta Un hijo propio con una preocupación que atraviesa buena parte del cine de Alberdi.

Las preguntas inocentes que presionan

En El agente topo, La memoria infinita y ahora esta película aparecen personas enfrentadas, de distintas maneras, a expectativas sobre cómo deberían vivir, envejecer, recordar o relacionarse.

Alberdi encuentra en esas vulnerabilidades un territorio que el discurso público suele simplificar con demasiada facilidad.

“Tenemos pocos espacios para compartir historias de fragilidad y de dolor, y de errores, y de asumir nuestros errores”, dice.

“Siento que si cometes un error eres juzgado muy rápidamente socialmente.

Los medios al tiro son como el bueno, el malo, el delincuente, la víctima, y hay muchos contextos que no tenemos la posibilidad de entender”.

Para Alberdi, el cine puede abrir precisamente ese espacio que desaparece cuando una historia se reduce a culpables y víctimas.

“El cine es una invitación a eso y eso es lo que está tratando de hacer Un hijo propio.

Entendamos el contexto.

No hay buenos y malos, hay situaciones sociales complejas”.

Eso no significa absolver a Alejandra.

Una de las decisiones más importantes de la película consiste precisamente en separar comprensión de justificación.

Alberdi no utiliza la presión social como excusa para lo sucedido, pero tampoco acepta que el delito sea suficiente para comprenderlo.

“Esta película fácilmente podría ser un true crime y que se tratara de qué hizo, qué pasó, tal, y no es qué hizo, es por qué lo hizo”, afirma.

“Miremos la historia desde otro lugar y entendamos por qué la gente hace lo que hace y qué nos lleva a eso”.

Para Alberdi, detrás del caso individual existe una discusión colectiva todavía pendiente: “Tenemos una deuda social gigante hasta el día de hoy sobre la presión en el deseo de maternar de las mujeres o cómo ejercen su maternidad”.

Esa preocupación adquiere una fuerza particular en una de las secuencias más emotivas de la película, cuando Alejandra se despide de las mujeres con quienes ha compartido prisión.

No son presentadas únicamente desde los delitos que cometieron, sino desde la intimidad de los vínculos que han construido durante el encierro.

“Para mí esa secuencia (cuando Alejandra sale de la cárcel) es la más triste de la película y la más linda porque siento que todas esas mujeres encontraron un espacio donde no son juzgadas”, recuerda Alberdi.

Es precisamente en prisión donde Alejandra llega a una conclusión inesperada sobre la maternidad: “Hoy me di cuenta después de todo este tiempo que en realidad no era un deseo mío, que era un deseo impuesto”.

La ironía resulta devastadora.

El lugar concebido como privación de libertad termina ofreciéndole un espacio donde puede desprenderse temporalmente de una de las presiones que habían condicionado su vida.

La libertad dura poco.

La maternidad como expectativa social

Al salir, cuenta Alberdi, la realidad vuelve a imponer inmediatamente sus expectativas.

“Lo primero que le dice el marido es: ‘Ah, yo todavía quiero tener un hijo’”.

Para la directora, el contraste resume buena parte de la tragedia: “Vuelve a aplastarse la misma presión”.

Dentro de la cárcel, aquellas mujeres habían construido “una familia libre y protegida en este encierro”.

Fuera de ella reaparece el mandato que parecía haber quedado atrás.

La dimensión visual de Un hijo propio también nace de esa idea.

La primera parte está dominada por colores rosados, una estética deliberadamente idealizada y una sensación cercana al melodrama romántico.

No pretende engañar gratuitamente al espectador, sino permitirle habitar durante un tiempo la fantasía de Alejandra.

Ana Celeste Montalvo como Alejandra in Un hijo propio.

Luis Antonio Rojas / Netflix “Para mí esa parte es como la fantasía que ella se cuenta a sí misma y el cuento de hadas que, en muchos aspectos, a ella le habría gustado que fuera así”, explica Alberdi.

“Era el matrimonio que quería tener, los hijos que quería tener, como el cuento de hadas que nos contaron como mandato social también”.

Por eso la directora describe esa construcción como “muy Disney y muy rosada”.

Incluso la celda real de Alejandra está dominada por ese color, algo que ayudó a conectar la representación cinematográfica con su propio imaginario.

El trabajo con los actores exigió otra operación poco convencional.

Alberdi inicialmente pensó utilizar intérpretes no profesionales, pero pronto comprendió que necesitaba exactamente lo contrario.

Los actores debían interpretar personas reales de quince años atrás sin convertir el ejercicio en una imitación mecánica.

“Lo que había que trabajar era: ¿qué es ese algo que te los recuerda en gestos, en energía, pero obviamente no son los mismos?”, explica.

Los intérpretes estudiaron entrevistas, mantuvieron encuentros con las personas reales y trabajaron incluso con ellas presentes en el set.

“No tenían la libertad de crear cualquier personaje, sino que tenían que trabajar con la referencia”, recuerda Alberdi, quien señala que varios integrantes del elenco describieron el proceso como uno de sus trabajos actorales más difíciles.

La propia Alberdi aparece brevemente en la película, un gesto que funciona casi como un pacto con el público.

“Yo le tenía que dar la mano al espectador y decirle: ‘Mira, esto es lo que vamos a jugar.

Ten claro que esto es real y te voy a llevar esta historia’”.

Un relato que evita el true crime

La razón era sencilla: algunos acontecimientos resultaban tan extraordinarios que, presentados directamente como ficción, podían parecer poco creíbles.

“La realidad es inverosímil y mucho más inverosímil que la ficción”, sostiene.

Pero si Un hijo propio juega con los límites de la representación, Alberdi también establece fronteras éticas muy claras.

La directora entrevistó a la joven que fue víctima del secuestro y que actualmente tiene 16 años.

La conversación era suficientemente buena para formar parte de la película, pero decidió eliminarla.

Ana Celeste Montalvo como Alejandra, Armando Espitia como Arturo en Un Hijo Propio.

Luis Antonio Rojas / Netflix “Mi manera de cuidarla fue no ponerla”, explica.

“Hoy no es una niña secuestrada.

Esta niña tiene una vida normal, que sabe perfectamente lo que pasó, pero que tiene una vida adolescente bastante normal de cualquier adolescente”.

Mostrarla habría significado identificarla públicamente a través de uno de los episodios más traumáticos de su vida.

“Si yo la hubiese puesto, siendo que era una gran entrevista, claramente ahí la revictimizo”.

La película también representa una nueva etapa en la evolución de Alberdi como cineasta.

Su experiencia realizando El lugar de la otra, su primera ficción completa, terminó siendo fundamental para afrontar la compleja combinación de documental, representación y actuación de Un hijo propio.

“No sé si me hubiese atrevido a hacer esta película sin haber hecho El lugar de la otra”, admite.

Aquella producción, con decenas de actores y una reconstrucción de época muy distante del equipo reducido al que estaba acostumbrada como documentalista, le dio “la valentía para enfrentar el proceso actoral con esta película”.

Al final, sin embargo, Alberdi vuelve a la pregunta aparentemente sencilla que atraviesa todo el proyecto.

Un hijo propio no pretende únicamente reconstruir un caso extraordinario ni dictar una sentencia moral sobre quienes participaron en él.

Quiere observar aquello que sucede mucho antes de que una historia llegue a convertirse en noticia: las expectativas acumuladas, los mandatos culturales y las pequeñas frases que repetimos porque siempre se han repetido.

¿Cuándo vas a tener hijos? ¿Por qué todavía no eres madre? ¿Cuándo viene el próximo? Son preguntas que pueden pronunciarse con una sonrisa y sin intención alguna de causar daño.

Alberdi quiere que después de Un hijo propio resulte un poco más difícil formularlas automáticamente.

Porque, como ella misma recuerda, esas preguntas que hemos aprendido a considerar inocentes “no son tan inocentes para el que las está viviendo”.

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