Análisis sobre cómo la arrogancia de imponer candidatos sin base afecta la democracia
El artículo de Alberto Quezada, publicado el 22 de septiembre de 2026, examina las consecuencias de la obstinación en la política dominicana, un fenómeno que trasciende territorios y afecta a todas las comunidades.
La obstinación en política, según el análisis de Alberto Quezada, no es simple terquedad, sino arrogancia con corbata. Es la decisión consciente de un liderazgo de anteponer su ego a la institución, a la gente y hasta a la aritmética electoral. Cuando esto ocurre, los partidos no se caen solos, son empujados por sus propios dirigentes.
El primer acto de la obstinación es secuestrar el futuro: un partido que se respeta disputa, debate y elige; uno obstinado designa candidatos sin base, sin calle y sin historia, pero con la virtud de no pensar, firmar y obedecer. A esto se le llama continuidad, pero en realidad es miedo a que un liderazgo nuevo tenga opinión propia y cobre factura.
El segundo acto es usar la maquinaria del Estado como andamio personal: se activan obras, se encienden spots, se mueven alcaldes y se compran silencios con cargos. Las encuestas internas que duelen se guardan, y las voces que advierten son enviadas a hacer disciplina, que en boca del obstinado significa callar y aplaudir.
El tercer acto es culpar a las bases cuando los resultados son malos, con discursos como 'la gente no entendió' o 'fue una campaña sucia', sin asumir la equivocación de imponer. La obstinación confunde lealtad con sumisión y poder con propiedad, olvidando que los partidos no se heredan, se ganan cada cuatro años en la calle. La factura llega en forma de derrota histórica, militancia huérfana y un electorado que castiga la soberbia. Soltar a tiempo es de estadista; aferrarse hasta romperlo todo es de capataz.



