

Con el surgimiento de las redes sociales y el impacto que de inmediato se produce en el ciberespacio por los mensajes que se publican o comparten, y sobre todo por la idea de crecer y monetizar, la inmensa mayoría de comunicadores e influencers, prácticamente adoptan un personaje, un estilo de comunicar, y un posicionamiento e imagen que la gente se acostumbra a recibir y a valorar.
Comunicador, personaje y audiencia: Cuando el personaje secuestra al comunicador
Algunos asumen el papel de defensor de causas justas o de crítico farandulero, o de analista social, político, o de cuadro político o de un coach para el crecimiento personal.
Y ese comunicador consigue calar en un nicho o blanco de público, que le da un visto bueno a sus publicaciones, y nacen la especialización, el enfoque y el rol comunicacional que se identifica con un estilo o algún personaje.
Como soporte de todo esto, están la capacidad de comunicar, la creatividad, la profundidad en los contenidos, la gracia para llevar mensajes que ayudan a hacer divertido el momento.
Y también surgen bocinas que representan intereses, para comunicar ciertos mensajes y promover o ejercer influencias especificas sobre la audiencia.
Utilizar las redes sociales, el ciber espacio, el internet, ya no es un evento gracioso que se da porque la suerte así lo quiso, sino porque la mayoría utiliza estos medios masivos de comunicación, para aprender, informarse, informar, entretenerse, hacer negocios o apoyar causas, enmendar entuertos.
Lamentablemente también son mal usados para difamar, extorsionar, chantajear, acusar, señalar, amenazar, insultar, injuriar, ultrajar personas.
Este espacio donde la libertad de expresión alcanzó su máximo potencial, ha sido minado de una cantidad de estilos comunicaciones, malas prácticas y personajes, que distan mucho de educar, mejorar la calidad de vida o hacer crecer a las personas.
Por estas razones surgen las inconductas y la comisión de delitos que riñen con aspectos penales y civiles, y surgen leyes, que debiendo regular el uso adecuado de estos medios, han llegado al planteamiento de coartar, censurar o poner una mordaza a la libertad de expresión y difusión del pensamiento.
Se teme, que por miedo a ser penados, la gente elija callar y no comunicar lo que sucede, conformándose con eso la auto censura, censura o mordaza institucionalizada.
Recientemente ha quedado claro, que aún sin entrar en vigencia el nuevo código penal y otras del tipo mordaza, utilizando solo las leyes vigentes, se pueden aplicar sanciones menos gravosas sin la necesidad de irse a los extremos planteados en el nuevo código penal y leyes conexas.
Creemos firmemente que el Poder Ejecutivo debe observar el nuevo código penal y retirar esos artículos que coartan las libertades y derechos fundamentales.
Finalmente hacemos énfasis en las consecuencias de un mensaje o influencia no deseados.
Parece existir una trampa en la que muchos comunicadores pueden caer, pues cuando están frente a las cámaras o detrás de un micrófono, se hacen esclavos de sus palabras y sus personajes, dejando a sus emociones llevar la pauta de sus narrativas.
Frente a las cámaras y tal vez sin darnos cuenta actuamos, emocionados por los temas tratados, o por interpretar ese personaje que queremos representar o famoso “exitoso” a imitar.
Hay personajes que usted puede identificarlos y hasta agregar unos cuantos más en su lista: el agresivo, el irreverente, el confrontador, el justiciero, el patriota, el anti sistema, el defensor del gobierno, el destructor de reputaciones, las bocinas pagas, el rebelde, el charlatán, el instructor, el promotor.
Agregue usted a la lista.
Pero cuando la repetición en estos roles nos lleva a definir un estilo comunicacional, se hace tan propios y naturales, que fácilmente nuestra personalidad se ve adornada por la auto influencia del personaje.
Y de repente, las emociones que imprimimos a un mensaje le hace llegar más fuerte y ofensivo a la audiencia, y más personas pueden sentirse afectadas, difamadas, injuriadas, ofendidas.
Asumir un personaje no elimina la responsabilidad del mensaje, pero cuando hemos caído en la trampa y se confunden mensaje, mensajero, personaje y se percibe injuria, difamación, daño moral o al honor, entonces comienzan los temas que tristemente terminan en un tribunal.
Esta ultima situación descrita, hace que la influencia del personaje y su mensaje sea más fuerte que la persona.
No es lo mismo informar, opinar, denunciar, provocar, incitar, humillar, advertir, aconsejar, confrontar, desmentir, analizar, extrapolar, inferir, correlacionar, o alimentar emociones colectivas, compartir imágenes, audios, destruir reputaciones, amenazar, coaccionar, chantajear, extorsionar, ultrajar, difamar, injuriar, revelar, develar, mentir, insultar, dar un falso testimonio.
Todos estos elementos ocurren a diario frente a las cámaras o detrás de un micrófono.
Las cámaras modifican el comportamiento por la existencia de adrenalina, audiencia, competencia, ego, rating, aplausos, validación inmediata, roles, personajes.
Y en ese entorno, las emociones pueden tomar el volante.
Lo curioso es que muchas veces el comunicador no percibe el cambio.
Piensa que simplemente está siendo espontáneo.
Pero la espontaneidad repetida frente a una audiencia masiva termina convirtiéndose en influencia, aunque no toda influencia sea intencional.
Quien comunica puede no querer provocar una protesta, no querer destruir una reputación, no querer polarizar una comunidad, y aún así contribuir a ello.
Porque la influencia no depende solamente de la intención del emisor.
También depende: de la percepción del receptor, del contexto social, del nivel de tensión existente, y del alcance del mensaje.
En este mismo tenor, están los que se creen ser tanto el personaje, que este le ha secuestrado sin saberlo.
Algunos se permiten el lujo de inventar en la política, muchas veces sin gozar de contenidos, formación, intelectualidad y competencias que puedan servir para una digna representación nacional.
La mayoría de los que lo han intentado o han aceptado nombramientos basados en esa auto sugestión, han mostrado cada vez, ineptitudes, incompetencias y fracasos en el estado, y hasta perdida de dinero utilizado para acceder al poder.
Estos experimentos siguen dando validez al Principio de Peter.
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