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Día de San Juan: cuando el cosmos y la devoción se entrelazan

Día de San Juan: cuando el cosmos y la devoción se entrelazan
Día de San Juan: cuando el cosmos y la devoción se entrelazan

Cada año, en la víspera del 23 al 24 de junio, la Noche de San Juan vuelve a encender una antigua conversación entre la fe, la naturaleza y la memoria popular.

Día de San Juan: cuando el cosmos y la devoción se entrelazan

La tradición cristiana celebra el nacimiento de san Juan Bautista , pero la fecha también tiene sus raíces en rituales anteriores al cristianismo, asociados al solsticio de verano y al momento en que la luz alcanza uno de sus puntos culminantes en el hemisferio norte.

La palabra solsticio significa “sol estacionario” y alude a ese instante en que el recorrido aparente del Sol parece detenerse antes de cambiar de dirección.

De ahí que muchas culturas hayan visto en estos días una señal para agradecer, purificar, pedir protección o renovar la esperanza.

El calendario cristiano supo vincular esos ritmos del cielo con festividades importantes: la Navidad quedó próxima al solsticio de invierno; la Anunciación, al equinoccio de primavera; San Juan, el solsticio no cae exactamente el 24 de junio, al solsticio de verano, y la fiesta de San Miguel, el 29 de septiembre, al equinoccio de otoño.

Estas coincidencias no solo tenían valor espiritual: en la Inglaterra medieval, por ejemplo, también ayudaban a ordenar ciclos agrícolas, fiscales y comunitarios.

El fuego es quizá el símbolo más visible de la celebración.

Mucho antes de la expansión del cristianismo, pueblos europeos encendían hogueras en la noche más corta del año para acompañar al Sol y darle fuerzas para su próxima etapa ya que, a partir de ahora, empieza a disminuir su luz.

Saltar las llamas, quemar papeles con aquello que se desea dejar atrás o caminar sobre brasas son algunas prácticas que sobreviven en distintas regiones como formas de purificación y renovación.

Junto al fuego también toma un papel protagónico el agua.

En varios países de América Latina se conserva la costumbre de beber agua antes del amanecer del 24 de junio, considerada especialmente pura en ese momento.

También se practica el primer baño del día en el mar o en un río, como para atraer la de buena suerte.

A ello se suman juegos de adivinación, promesas familiares y costumbres populares vinculadas a la salud, la belleza o el inicio de una nueva etapa.

En República Dominicana también acostumbraban a cortarse el pelo el día de San Juan.

La fascinación por el cambio de la luz también aparece en otras tradiciones.

Celtas y germánicos celebraban Litha con hogueras; en Europa del Este, Ivan Kupalá combina baños rituales y coronas de flores; en los países nórdicos, el Midsommar reúne flores, comidas al aire libre y celebraciones comunitarias.

En los Andes, el Inti Raymi honra al dios Sol en Cusco, aunque allí corresponde al solsticio de invierno del hemisferio sur.

Por eso, el Día de San Juan sigue siendo más que una fiesta del calendario que surgió de manera fortuita parte del invento de unos cuantos curiosos de la actualidad.

Surge de tradiciones ancestrales y en sus hogueras, baños, rezos y relatos se reconoce una necesidad humana persistente: mirar el cielo, leer los ciclos de la naturaleza y transformarlos en comunidad, esperanza y sentido.

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