Especialista explica por qué la distimia pasa desapercibida y cómo buscar ayuda
La depresión persistente, conocida como distimia, no siempre se manifiesta con llanto o alarmas visibles. La Dra. Cindy Rodríguez, médico-psicoterapeuta, advierte que el malestar crónico puede integrarse como parte de la identidad, dificultando la búsqueda de ayuda.
A diferencia de las crisis emocionales intensas y evidentes, la depresión persistente (conocida técnicamente como distimia) no siempre se manifiesta con llanto o alarmas visibles. Su evolución es silenciosa y progresiva. Se instala de forma tan sutil en la vida cotidiana que, con el tiempo, el paciente deja de percibir el sufrimiento como un problema externo y lo integra como su «normalidad».
Adaptarse a vivir con un estado de ánimo bajo es, en realidad, un mecanismo de defensa psicológico y biológico. Cuando el entorno o las vivencias superan la capacidad de gestión emocional, la mente opta por «bajar el volumen» de lo que siente: reduce las expectativas y amortigua la intensidad de las experiencias. Lo que a simple vista parece apatía, desinterés o conformismo, es en realidad un escudo protector para evitar nuevas decepciones o dolores. Al principio, esta estrategia funciona como un refugio seguro, pero el costo a largo plazo es el aislamiento emocional.
El mayor obstáculo clínico en estos casos es que el malestar crónico termina convirtiéndose en parte de la identidad del individuo. Es muy común escuchar en consulta frases como «yo siempre he sido así» o «este es mi carácter». Al asumir el síntoma como un rasgo de la personalidad, se bloquea la capacidad de preguntarse qué necesidades reales están desatendidas o qué heridas no han sanado. La señal de alarma original se apaga y se cambia por una monotonía predecible. Salir de este estado genera mucha resistencia, ya que la tristeza conocida ofrece una falsa sensación de seguridad frente a la incertidumbre que provoca el cambio.
En la práctica psicoterapéutica, es frecuente que las personas no acudan con una queja clara, sino con una profunda confusión: «No sé qué me pasa», «No estoy mal, pero tampoco bien». El verdadero trabajo terapéutico comienza ahí: en deshacer esa fusión. Es necesario guiar al paciente para que reconecte con sus emociones, identifique el vacío y pueda ponerle palabras. Cuando la persona comprende que su esencia no es la depresión —que la enfermedad es un estado, no su identidad—, recupera la capacidad de elegir y la libertad de experimentar la vida de otra manera. Dra. Cindy Rodríguez Médico- Psicoterapeuta Terapeuta Familiar e Individual Trastornos de la Conducta Alimentaria



