Funcionarios enfrentan documentos que revelan choques culturales en el sur de Asia
En Nueva Delhi, un diplomático examina un certificado de nacimiento que declara un nacimiento en 2083, un caso real que expone los desafíos ocultos del trabajo consular.
Del oficio diplomático se conocen las recepciones y los tratados, pero poco se habla de la cara cotidiana consular, hecha de trámites que parecen rutina y esconden desafíos singulares. Dos episodios recientes en el sur de Asia permiten asomarse a ese mundo.
En Nueva Delhi, un funcionario diplomático examina un certificado de nacimiento que declara que el titular nació en el año 2083. Nada en el documento es falso: el sello es auténtico, la firma legítima, el nacimiento real. El documento proviene de Nepal, donde rige el calendario Bikram Sambat, que corre unos cincuenta y siete años por delante del gregoriano.
Poco después llega otro documento: un pasaporte indio donde el titular tiene un solo nombre, sin apellido. El formulario hispanoamericano, que exige apellido paterno y materno, queda incompleto; el pasaporte, no. En el sur de India, millones de personas llevan el nombre del padre como inicial que se expande o contrae según la ocasión; otras llevan el pueblo, la casta abandonada, o simplemente un nombre completo en sí mismo.
La sección consular, ese lugar que imaginamos rutinario, resulta ser una frontera entre sistemas de pensamiento. El cónsul inscribe nacimientos, matrimonios y defunciones; legaliza documentos; levanta actas notariales; emite pasaportes y salvoconductos; asiste al connacional hospitalizado, detenido o varado; acompaña repatriaciones. La práctica consular es más demandante y fascinante de lo que sugiere su fama.



