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En la cultura: un aporte de los Rainieri Kuret y los Rizek

En la cultura: un aporte de los Rainieri Kuret y los Rizek

Satisface que más empresarios valoren la importancia de la cultura para el país, la gente, la identidad nacional y sus negocios.

En la cultura: un aporte de los Rainieri Kuret y los Rizek

Especialmente los de la industria turística.

Esta actividad se encuentra en el epicentro de las industrias que lideran la economía nacional, aportando más del 11% de los ingresos que recibe el gobierno dominicano, a pesar de los fuertes incentivos que en ISR e ITBIS perciben sus actores desde que el sector fue impulsado por el gobierno del entonces presidente Joaquín Balaguer, a través de la Junta Monetaria del BanCentral, bajo cuya gestión se creó el Departamento para el Desarrollo de la Infraestructura Turística (Infratur), en 1972.

Desde entonces, la industria turística nacional ha experimentado un crecimiento exponencial y en el año 2023 logró atraer a 11 millones de visitantes.

El pasado año 2025 el país recibió 11,676,901 turistas distribuidos así: 8,860,709 por vía aérea y 2,816,192 por crucero.

Superada solo por México (alrededor de 45 millones de visitantes), se coloca significativamente por encima (+30.09%) del competidor regional más cercano: Brasil.

En términos globales, en el 2024 creció hasta representar el 18% del Producto Interno Bruto (PIB) nacional, inyectando, según cifras del Banco Central citadas por el Consejo Monetario Centroamericano (CEMCA), cerca de RD$25 mil millones a la economía, entre los cuales se incluyen alrededor de RD$15 mil millones en aporte directo al gobierno dominicano por concepto de tarjetas de turismo e impuesto por salida de pasajeros.

El turismo es un motor importante de la economía pues encadena sus operaciones a un fuerte consumo de insumos de elaboración interna, creando una demanda agregada al mercado local que favorece el desarrollo y la viabilidad de la ocupación, la agropecuaria, la agroindustria, la energía, las manufacturas y, entre otras, las cadenas de suministro.

El señor Frank Rainieri, creador del Grupo Punta Cana, ubicado en la localidad dominicana homónima, ha sido, junto a su familia, el factor de impacto relevante para que ese destino acapare entre el 40% y el 60% del turismo que ingresa al país, lo que ha posibilitado una dinámica redistributiva que a través del empleo impacta el bienestar colectivo más allá de lo regional.

En este panorama, surge el Centro Cultural Rainieri como celebración al esfuerzo, retribución social y homenaje al destino.

Conmemora el éxito del matrimonio Rainieri Kuret (1973) entre don Frank y la señora Haydée Kuret de Rainieri.

Junto a su esposo, ella preside este centro inaugurado el 17 de abril del corriente 2026, el cual contiene una sala de exposiciones temporales.

En esta, actualmente se exhiben obras de la colección de otro empresario y coleccionista visionario: el señor Héctor José Rizek.

Bajo el título “El mar como territorio”, fue inaugurada el pasado 10 de junio, integrada por más de 40 artistas del Caribe insular y su diáspora, abriendo la oportunidad para que otros empresarios con colecciones desconocidas las compartan con el público local e internacional que concurre como turista o por negocios a Punta Cana y, en especial, a “Puntacana Village”, enclave del Centro.

Ha acertado el señor Héctor José Rizek al socializar su colección y orientar su exhibición a un propósito estratégico de valor para la supervivencia nacional y el turismo: fortalecer la identidad.

Las obras de arte son creadas para interactuar con la gente.

Son el aparato alrededor del cual ocurre el diálogo estético —centrípeto o centrífugo— entre los artistas y sus sociedades; son el cuerpo que transmite los discursos sobre el ser, la emoción y la experiencia.

Permiten conocer, en fin, la aspiración, condición y vivencias sociales, en los términos que, en nombre de la gente, las perciben los artistas.

La estima pública por estos actores, las artes y el cultosistema contribuyen al prestigio de sus participantes y, el disfrute cultural de las obras al enriquecimiento de las personas (desde adentro), a la construcción de ciudadanía, entendida como binomio de civilidad y humanismo.

Las exhibiciones generan conocimiento y pistas sobre la escena cultural nacional, el perfil ciudadano, sus expectativas y modelos de interacción con y valoración de sus ecosistemas y fenomenologías, apropiados y expresados desde la sensibilidad creadora.

También crean un “pedigrí” del recorrido realizado por cada pieza, su tránsito entre los territorios de origen y otros distantes, aspirados.

Gracias a las exhibiciones, las obras llegan a sus públicos.

A las personas con las cuales establecen contacto comunican el mundo que desde la condición, aspiración y preferencia que el artista bosqueja, sueña y expresa; mediante objetos tangibles, materiales, verificables y “signos” más o menos polisémicos llamados arte: arquetipos del discurso estético.

Los tasadores, especialistas y coleccionistas observan —y a veces hasta demandan— ese trasiego, esa “carta de ruta”.

Consideran que una obra almacenada en un armario es una cosa acumulada, socialmente infuncional, muerta.

Tal opinión puede ser cierta solo de forma relativa: porque la exhibición de piezas y artistas en los entornos comerciales no está, obligatoriamente, vinculada al —ni transfiere— valor y significado culturales a las propuestas.

Es por lo cual el mero trasiego público de estos aparatos es insuficiente.

Ha de acompañarse del bautismo del sistema de validación, uno que la República Dominicana está en el deber de recuperar, rearticular y fortalecer, sobre bases culturales auténticas y supuestos metódicos paradigmáticos y ostensibles.

En el año 2003, al intercambiar con autoridades del departamento de adquisiciones del Museo Risd de Providence, Rhode Island, Estados Unidos, uno de sus más altos ejecutivos desestimó una propuesta de exhibición a favor de un muy reconocido y valorado artista nacional.

¿Su argumento? Esa obra está “en manos de acumuladores y el museo no cotiza colecciones de acumuladores”.

Recientemente lo comenté con un amigo próximo y estimado, con vínculos muy sólidos con los líderes económicos y políticos nacionales.

Sé que en las entidades culturales de las economías desarrolladas y de aquellas que disponen de una institucionalidad fuerte las posibilidades de legitimar el gusto a través del capital no contamina ni altera ni quiebra el espectro artístico o sus mercados de forma significativa.

El señor Héctor José Rizek es bien conocido como uno de los coleccionistas más activos del país; y el señor Frank Rainieri y su familia: como los más entusiastas promotores en el exterior de esa dominicanidad que ellos encarnan, afanosa, visionaria y dedicada.

La dominicanidad, como identidad, territorio y cultura es el activo sobre el cual su industria tiene lugar.

Un activo que, ante los riesgos que los cambios que la geopolítica pudiera producir en la región, está incrementando su relevancia y valor estratégico.

En sus periplos por el mundo promoviendo el país como destino turístico y de inversión, es claro que se han percatado de la necesidad de fortalecer la oferta turística local con el componente cultural.

Que la industria ha de cualificarse por su origen.

Que empresarios de tal nivel unan esfuerzos para promover nuestro país desde nuestras artes los ennoblece, creando algo que el dinero no puede comprar: prestigio social ante los extranjeros; la dignidad, ser portadores de algo más que activos financieros, pues en este terreno somos nada frente, por ejemplo, a Bill Gates o a Elon Musk.

De aquí el valor estratégico de este componente y activo cultural nacional para estos negocios: es la llave para ingresar al alma de la gente desde la identidad que en su historia nuestra nación ha fraguado y, para quienes la asumen y patrocinan: a la posteridad, a la permanencia en la memoria histórica nacional como prohombres de su tiempo y su lugar.

Lo explica una frase bien conocida: “No solo de pan vive el hombre”.

Empresarios nacionales como los León Asensio, los Bellapart, los Perelló Báez, los Grullón y otros de igual relevancia y mérito, han creado vínculos con la cultura nacional mediante estructuras que la ofrecen como servicio, acopio y herencia.

¿Su interés? Retribuir a las personas y al país; plantarse con firmeza y presentarse ante el mundo con la investidura de la herencia pétrea de la cultura y el arte nacionales para sin palabras decir: “Somos dominicanos”.

Gracias a ellos existen el Centro Cultural León, en Santiago de los Caballeros; el Museo Colson, en Santo Domingo; el Centro Cultural Perelló, en Baní y ahora, el Centro Cultural Rainieri, en Punta Cana.

Otros museos privados son el Arqueológico Regional (Altos de Chavón, en Casa de Campo, La Romana) el cual fue inaugurado en 1981 con una colección arqueológica organizada por el antropólogo Manuel García Arévalo.

Fue diseñado por Roberto Copa por encargo de Charles Bluhdorn como parte integral de Altos de Chavón, villa de los artistas del complejo Casa de Campo que se empezó a construir en 1976.

También el Museo del Larimar (creado por los esposos Jorge y Arelis Caridad), en Santo Domingo.

Felicitamos, pues, a la familia Rainieri Kuret y al señor Héctor José Rizek por este aporte a la cultura y por compartir con todos, nacionales y visitantes, ese espacio y esa colección.

Estamos seguros de que, luego de visitarlos, la opinión sobre nuestro liderazgo empresarial y nuestro perfil cultural será positivamente robustecida.

Y el turismo local agregará otra oferta a su mar, playa, sol… ¡la cultura! Se impone, entonces, visitarla y apreciarla: ¡turismo interno! Tags relacionados LAS MÁS RECIENTES 14 de junio.

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