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El interregno político dominicano: lecciones de un pasado que transformó el país

Análisis histórico sobre los cambios sociales y económicos en República Dominicana

República Dominicana vivió un interregno político en los años sesenta y setenta, cuando el sistema político articulado por Balaguer, Bosch y Peña Gómez desplazó los extremos radicales. El país pasó de un analfabetismo del 55.6% en 1960 a una sociedad predominantemente urbana con avances en esperanza de vida y reducción de la mortalidad infantil.

En los años sesenta y setenta, República Dominicana atravesó un período de interregno político, definido por el enfrentamiento entre radicalismos de izquierda y derecha. La izquierda sostenía que el Estado estaba capturado por una élite asociada a intereses extranjeros y que solo una ruptura revolucionaria podía producir justicia y soberanía. La derecha autoritaria justificaba la represión y la exclusión para preservar el orden. Ambos desconfiaban de la capacidad de la democracia dominicana para resolver los problemas, pero ambos perdieron la discusión con la historia.

Con enormes diferencias, contradicciones y responsabilidades históricas, el sistema político que terminaron articulando Joaquín Balaguer, Juan Bosch y José Francisco Peña Gómez desplazó progresivamente las alternativas radicales. No triunfó la revolución ni regresamos a la dictadura: prevaleció la política. En aquellos años, el país tenía un analfabetismo de 55.6% en 1960, la esperanza de vida rondaba los 52 años alrededor de 1970, morían unos 110 niños por cada mil nacidos vivos y apenas el 40% de la población era urbana.

Hoy, la esperanza de vida se acerca a los 74 años, la mortalidad infantil se ha reducido drásticamente, el analfabetismo es una fracción de lo que fue y somos una sociedad predominantemente urbana. La economía pobre y agrícola de entonces se transformó en otra mucho más grande y diversificada. Persisten pobreza, desigualdades, privilegios y servicios públicos deficientes, pero eso describe un país con enormes tareas pendientes, no un país que fracasó.

Medio siglo después, reaparece una narrativa que culpa a 'la casta', 'los políticos' y 'los mismos de siempre'. Algunos outsiders agregan el desprecio por la preparación, presentando la falta de formación como certificado de autenticidad. Sin embargo, nuestros problemas no nacieron de un exceso de mérito, sino de su ausencia: del clientelismo y de arribistas que encontraron en la política un atajo hacia el poder. Hasta los radicales de los setenta entendían que para transformar una sociedad primero había que estudiarla. Hoy el algoritmo ofrece un atajo: la indignación viaja mejor que la explicación. Estamos nuevamente ante un interregno: un modelo que produjo una enorme transformación muestra señales de agotamiento y el siguiente todavía no termina de nacer.

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