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Al otro lado del celular

Feliz Día de las Madres a todas esas mujeres que representan el rol más importante: dar vida, criar y hacerlo bien; a las que comparten este título en República Dominicana y por todo el mundo, en especial a mi madre, Rosa Altagracia Vargas Medina.

Al otro lado del celular

¡Felicidades, mami! Desde tiempos muy remotos, el ser humano ha tenido ese instinto natural de lucha, ya sea por defender su vida, su familia, su entorno, su propiedad, su comunidad o su país; en fin, todo lo que le sea relevante en el transcurso de su historia, porque de ese modo funciona el mundo desde su creación, y ahí están los hechos.

Los movimientos revolucionarios son parte del ADN histórico de todas las sociedades, una llama que brota como pólvora y se esparce rápidamente entre los ciudadanos que buscan y anhelan un cambio, ya sea independizarse o defender su territorio de alguna dominación extranjera o nacional que desea coaccionar las libertades bien ganadas o, simplemente, conquistarla.

Hasta ahí todo bien.

Ejemplo de nuestros antepasados fue la organización secreta de La Trinitaria, que conformó Juan Pablo Duarte y en la que reclutó a un grupo de jóvenes que tenían un mismo objetivo: la independencia y el nacimiento de República Dominicana.

De ahí en adelante, generacionalmente surgen movimientos que se encargan de mantener esa lucha por la soberanía nacional completamente viva.

Recientemente vivimos algunas muy exitosas y otras que, en su momento, parecieron servir de algo y lograron su objetivo, que fue que un grupo de vivos se hiciera del botín, por lo que una parte de la sociedad se alzó para poder sacar eso que resultó ser malo en su momento y que hoy sigue siendo el mismo desecho, pero con otro color, donde nos toca admitir que fuimos usados.

Aunque esto no significa que, si llegado el momento surge un nuevo movimiento en defensa de nuestra sociedad, no vayamos a actuar.

Para nada.

Cuando toca, toca, como la marca de lotería aquella.

El tema es que siempre en esa historia han existido personas que nunca se interesaron por ser o hacer algo por sus vidas o la de otros; son aquellos que se sienten bien como están y solo atinan a mirar hacia otro lado, solo que antes pasaban por debajo de la mesa, sin pena ni gloria.

Sin embargo, los tiempos cambiaron gracias a los avances tecnológicos y a todas las plataformas libres que existen para que cada ser humano tenga derecho a manifestarse a favor o en contra de algo.

Las redes sociales son una pequeña muestra de lo mal que andamos, ya que al otro lado del celular todos somos inteligentes, revolucionarios, diligentes, emprendedores, todólogos, democráticos y llamados a la acción, hasta que tenemos que dejar el aparato y hacerlo realidad.

Incluso en elecciones pasadas, tanto aquí como en otros países, se ha querido utilizar la “incidencia” de los llamados influencers para conquistar el voto, y los resultados han sido tan ínfimos o nulos que optaron por hacer como que nunca pasó.

De hecho, todos los que en algún momento, por sus millares de seguidores, quisieron aspirar a un cargo e implosionaron de forma tal que nunca más insinuaron hacerlo.

De igual forma vamos como sociedad, esa que vive de espaldas a la realidad que vivimos, esa que se esconde en el Pentágono de un celular, con muchas estrategias e ideas claras de cómo debemos actuar como sociedad; esa que se indigna con nimiedades, pero enaltece lo inmoral y la depravación porque eso es lo que está y los representa.

Esos que son muy vivaces para hacer un llamado a otros primates de su especie a reportar cuentas de todo aquel que vaya en contra de sus ídolos o de sus nulos principios.

Pero que no se inmutan al momento en que la sociedad entra en crisis, cuando las comunidades requieren que se unifiquen en torno a una situación que los afecta.

Ahí no se molestan ni en opinar, ni en repostear o simplemente dar un like.

Nada de eso va con ellos, mientras tengan de dónde tomar el WI-FI o comprar unos paqueticos de internet para seguir enviciados con el contenido que a ellos les interesa.

Pues que el mundo se vaya por el precipicio, porque mientras el muerto no llegue a mi casa, no importa más nada.

Al otro lado del celular cambiamos gobiernos, descubrimos lo que está mal en el mundo, encontramos las curas de todos los males, resolvemos nuestros problemas económicos y los de todo el mundo.

Del otro lado del celular no necesitamos científicos ni profesionales, ya que con Inteligencia Artificial y gente ociosa que solo sabe destacarse detrás de una pantalla, tenemos todos los elementos para perpetuarnos por cinco mil años más.

Debo decirles que las cosas, como se ven, están en muy buenas manos y que dentro de unas décadas solamente, si las grandes potencias no terminan de acabar con esto, el llamado Edén estará más cerca de lo que creíamos y no tendremos que desaparecer para conocerlo.

No, señor, viviremos la tranquilidad en la Tierra, con los nuevos conquistadores y resuelve todo que existen al otro lado del celular.

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