

Cuando la tierra se agrieta y los campos se secan, no solo sufre la naturaleza ; también se hiere el corazón de la humanidad.
La sed de la tierra
La desertificación es una de las expresiones más dolorosas de la pobreza y del desequilibrio en nuestra relación con la creación.
Allí donde falta el agua, se multiplican el hambre, la migración y la desesperanza.
El grito de la tierra reseca es también el clamor de millones de hermanos que anhelan condiciones dignas para vivir.
Por eso, cuidar el medio ambiente es un acto de justicia y de amor al prójimo.
Pidamos al Señor que envíe la lluvia sobre nuestros campos y, al mismo tiempo, derrame en nuestros corazones la solidaridad y la responsabilidad compartida, para que nadie tenga que morir de sed ni de indiferencia.
Hasta mañana, si Dios, usted y yo lo queremos.
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