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“Los senderos que se bifurcan”

“Los senderos que se bifurcan”
“Los senderos que se bifurcan”

Las redes, más que redes, son cloacas.

“Los senderos que se bifurcan”

Sistemas interconectados por donde fluye, no sólo el pensamiento, también la irracionalidad.

Al final, las plataformas son un producto del capitalismo, y, como tal, se rigen por la ley de la oferta y la demanda al momento de vender lo que venden, que no es –desde luego– conocimiento o cohesión social, sino retención, interacción y Big Data.

Lo que vale no es el contenido, sino la fijación al punto, el enganche al sistema de cualquier forma.

Bien sea a través de fotos o historias de vidas ajenas, o agrupando a cada individuo en la tribu que le corresponde.

Si la obsesión de Sauron era tener un anillo único para encontrar a todos en la Tierra Media y atarlos a la sombra de su dominio, la del algoritmo –o más bien, sus programadores; o más bien, los jefes de los programadores; o más bien, los accionistas propietarios de las empresas donde los jefes “jefean” a los programadores–, es la misma: atarnos a todos a la rueda del consumo más conspicuo.

Hasta ahí, nada nuevo o extraño, sólo la forma, porque el fondo siempre ha sido el mismo.

El problema radica cuando el mecanismo del algoritmo se desplaza desde el capital a la política.

El dios que mueve la máquina opera radicalizando posiciones ideológicas y privilegiando la exposición y difusión de quienes asumen los discursos más radicales.

La lógica subyacente es la de un darwinismo a la inversa: los peores se convierten en mejores.

Aunque lo de “peores” es un pataleo de una burguesía liberal que se ha visto asaltada en su propio terreno por jugadores que no respetan sus códigos; los creados por ella en Filadelfia, hace 250 años; los que reafirmaron en París, en 1789; los que han sido validados en cada conflicto ideológico, político y militar de los últimos dos siglos.

Todo lo estatuido se desmorona, las conquistas sociales, económicas y políticas vigentes desde Yalta se disuelven, y el clima de ansiedad, incertidumbre y caos que vivimos tras la pandemia, la IA, las cripto, el algoritmo, la muerte de la individualidad y la entronización del “clic” como mecanismo, no sólo de validación social, sino de ascenso y enriquecimiento, no ha dejado una sola certeza en pie.

Quizás por eso, los últimos reductos son la crispación y el insulto, que operan como válvulas de escape de la rabia y la impotencia; quizás por eso, insultamos por redes a desconocidos que sólo expresan su opinión; como si nos hubieran ofendido golpeándonos la cara, y no simplemente expresando una opinión innominada, general y abierta.

Quizás por eso, la democracia está en peligro, como antes lo estuvo en Weimar o Roma… y ya sabemos los resultados.

El problema de la radicalización y la primacía del discurso de odio, es que destruye todos los puentes, y luego se hace difícil desandar todo lo andado.

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