La falta de áreas verdes en espacios públicos afecta la seguridad y el bienestar infantil
En los últimos años, muchos parques construidos o remodelados en el país se han convertido en extensiones de cemento, dejando atrás la grama y los árboles. Esta tendencia, aunque estética, plantea riesgos para los niños y limita el disfrute familiar.
La imagen de un niño que corre, tropieza y cae es común en el crecimiento. Sin embargo, caer sobre grama no es lo mismo que caer sobre concreto. Esa diferencia, aparentemente simple, refleja cómo se están diseñando los espacios públicos en la actualidad.
Muchos parques nuevos o remodelados priorizan plazas duras, caminos pavimentados y áreas de juego con piso rígido. Se ven limpios y son fáciles de mantener, pero se pierde la oportunidad de que los niños jueguen en un entorno que amortigüe las caídas, que los bebés toquen la tierra y que las familias encuentren sombra natural.
El libro 'Muerte y vida de las grandes ciudades' advierte que los parques deben ser espacios vivos, no adornos. Señala que los parques más problemáticos son aquellos ubicados en lugares por donde no pasa nadie, y que no basta con poner un parque para mejorar la calidad de vida; importan las condiciones reales: quién lo usa, cómo lo usa y qué tan seguro y vivo se siente.
No se trata de estar en contra del concreto, pues toda plaza necesita caminos y bancas. Se trata de no olvidar que un parque, especialmente para niños, requiere tierra blanda, grama, árboles que den sombra y absorban el calor, superficies que perdonen una caída. El concreto es barato de mantener y luce bien en fotos, pero no perdona. Los niños, que son quienes más usan estos espacios, son también los que más se caen. Pensar en áreas verdes es pensar en el niño que aprende a montar bicicleta, el abuelo que necesita sombra, la familia que busca aire fresco. Un parque bien pensado es el que, años después, sigue siendo un lugar al que la gente quiere volver.



