
Permiten la llegada al poder, tanto de un hombre como de una mujer.
La idea de que hay un momento especial que determine la posibilidad de ascender a la Presidencia puede ser, incluso, discriminatoria y excluyente.
Soslaya milenarias conquistas de igualdad logradas en diferentes latitudes del planeta.
Cada individuo gestiona y gana un espacio en la sociedad a partir de una serie de factores que no tienen nada que ver con el género.
Condición determinada por la preparación, el carácter y la disciplina, acentuada en carisma, talento y liderazgo, entre otros factores afines.
Separar al candidato a una posición cimera de las condiciones de un país es ignorar la historia como fenómeno político y social, donde las diferencias sexuales no representan una variable a tomar en cuenta.
Ni el esfuerzo, ni la experiencia ni la preparación visten de azul cyan o rojo magenta.
Las coyunturas que operaron a favor de Cleopatra, Indira Gandhi y Ángela Melkel -para citar algunos casos-, no se dieron por ser mujeres.
Las actuales presidentas Claudia Sheinbaum, de México; Laura Fernández, de Costa Rica y Keiko Fujimori, de Perú, no ascendieron a través de un movimiento feminista ni tuvieron que esperar una coyuntura especial que les diera paso por ser el simple hecho de ser mujeres.
Compitieron con candidatos masculinos en un escenario en que los estándares estaban dados por sus virtudes y ofertas, sin que el género fuera determinante.
Lo mismo habrá de ocurrir aquí si Carolina Mejía compite como candidata presidencial en el 2028, como todo parece indicar ocurrirá.
Esta posibilidad es sustentable en datos y proyecciones que vamos a aportar en una próxima entrega.
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