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RD celebra 60 años de avances: qué significan para el bolsillo y la seguridad ciudadana

Del ingreso de US$234 en 1965 a US$11,300 en 2023, pero persisten salarios bajos e inseguridad

La República Dominicana conmemora seis décadas de transformación económica y estabilidad política, pero el crecimiento no ha llegado por igual a todos los hogares. Aquí le explicamos qué cambió y qué desafíos siguen pendientes.

Al comparar el país de 1965 con el de 2026, resulta imposible desconocer la transformación alcanzada. Hace seis décadas, la nación enfrentaba una guerra civil, una intervención militar extranjera, pobreza generalizada, confrontaciones políticas e instituciones debilitadas. Aunque todavía persisten importantes problemas, negar los avances logrados sería una injusticia histórica.

Durante este período se construyeron escuelas, universidades, hospitales, carreteras, puentes, presas, acueductos, aeropuertos y sistemas de telecomunicaciones. Aumentaron la escolaridad, la esperanza de vida, la cobertura sanitaria, la electrificación y el acceso a la tecnología, mientras disminuyeron el analfabetismo, la mortalidad infantil y numerosas enfermedades prevenibles. También crecieron la agricultura, el turismo, las zonas francas, la construcción, el comercio y los servicios.

En el ámbito económico, la República Dominicana se convirtió en un país de ingreso medio alto y en una de las economías más dinámicas de América Latina. Según el Banco Mundial, el ingreso por habitante pasó de alrededor de US$234 en 1965 a US$2,900 en el año 2000 y a aproximadamente US$11,300 en 2023. La diversificación económica, las remesas, las exportaciones, la inversión extranjera y el turismo ampliaron las oportunidades y fortalecieron la presencia internacional del país.

Sin embargo, el crecimiento no ha beneficiado a todos por igual. Muchas familias continúan enfrentando bajos salarios, alto costo de la vida, inseguridad, servicios deficientes y escasas oportunidades. Esa distancia entre el progreso que muestran las estadísticas y las dificultades que experimenta la población alimenta la frustración, la desconfianza y el deseo de encontrar una figura fuerte que prometa castigar a los responsables de los males nacionales. De esa inconformidad surge la búsqueda de un outsider, redentor o “vengador social” que canalice la rabia colectiva mediante discursos desafiantes y soluciones aparentemente sencillas. Las redes sociales fortalecen este fenómeno al convertir problemas complejos en confrontación, espectáculo y frases virales. El descontento es legítimo, pero el país no necesita un liderazgo que divida, sustituya las instituciones por el culto a la personalidad o ponga en riesgo la estabilidad alcanzada. La República Dominicana necesita renovar su liderazgo democrático, combatir la corrupción, elevar los salarios, mejorar la educación y los servicios públicos, proteger a los vulnerables y fortalecer el Estado de derecho.

El Biran

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