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Mangos badilejos: el mensaje que despierta la memoria de una madre

Una historia de amor filial que invita a valorar los pequeños gestos cotidianos

La llegada de unos mangos badilejos despertó en el autor el recuerdo de su madre, quien cada temporada le guardaba la fruta. La historia, contada en primera persona, resalta la importancia de atesorar los detalles y mantener viva la memoria de quienes partieron.

Hay recuerdos que llegan sin avisar, a través de una fotografía, una canción o una fecha especial. En este caso, fueron unos mangos badilejos los que transportaron al autor a su infancia y a la relación con su madre, quien tenía una mata de mango badilejo en su casa y cada año, al llegar la temporada, le llamaba para decirle que le tenía guardados sus mangos, porque sabía cuánto le gustaban. Era una costumbre sencilla, pero cargada de amor.

Hoy recibió una llamada de María, una persona a quien le guarda un inmenso cariño y un profundo agradecimiento por haber acompañado a su madre durante sus últimos años y hasta el final de su jornada. Ella aún permanece en la casa y le envió unos mangos de aquella misma mata. Al verlos, no vio solamente unos mangos: vio a su madre, escuchó nuevamente su voz, recordó sus llamadas y su manera de estar pendiente de él.

Mangos badilejos reviven el amor y la memoria de una madre

El autor relata que su madre y él hablaban todos los días. No recuerda, en más de veinte años y hasta el día de su partida, un solo día en el que no hablaran. Podía estar donde fuera y siempre encontraban la forma de comunicarse, aunque fuera mediante una llamada o un mensaje de WhatsApp. Todavía conserva todos sus mensajes, audios, videos y escritos, tesoros que guarda como parte de su vida.

Siempre decía que su madre y él necesitaban saber el uno del otro, asegurarse de que todo marchara bien. Incluso, ya entrada la noche, ella le avisaba si iba a llover, porque sabía que se levanta a las 5:15 de la mañana para caminar. Desde que partió, no ha existido un solo instante en que no piense en ella, y lo mismo ocurre con su padre. Con el paso de los años, valora cada sacrificio que hicieron por él y sus hermanos: los colegios que pagaron, la ropa, las medicinas, los seguros médicos, el dinero para el recreo, los campamentos, las salidas al cine, los consejos, las preocupaciones y hasta los sacrificios silenciosos que en aquel momento no eran capaces de ver.

También recuerda una frase que su padre repetía cuando no le hacía caso: “Cuando seas grande y tengas hijos, me vas a entender”. Hoy, cuando le habla a su hijo y siente que la juventud no siempre escucha, descubre que su padre estaba sembrando lecciones que solo el tiempo podía enseñarle. Por eso, estos mangos significan mucho más que una fruta de temporada: son un recuerdo vivo, una llamada que ya no puede hacerle su madre, pero que de alguna manera llegó hasta él. Agradece a María por ese gesto tan hermoso: “Usted no me envió solamente unos mangos; me envió un pedazo de mi madre”. Y a sus padres, solo puede decirles que los ama, que los extraña y que vivirá eternamente agradecido por todo lo que hicieron por él y por sus hermanos.

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