
Las de un día para otro.
Suelen erosionarse lentamente, casi de manera imperceptible, hasta que un día la sociedad descubre que aquello que consideraba permanente ya no existe.
El intenso suscitado por la entrada en vigencia del y por las disposiciones que algunos han denominado " " ofrece una oportunidad para reflexionar sobre una pregunta mucho más profunda ¿qué tan sólida es nuestra y cuáles son hoy los riesgos que enfrenta? En toda constitucional resulta saludable que existan.
Las discrepancias, la crítica y la deliberación pública son parte esencial del.
Lo verdaderamente preocupante ocurre cuando el deja de orientarse a mejorar las instituciones y comienza a cuestionar la que hace posible esa discusión.
Ese es precisamente uno de los principales riesgos que hoy enfrentan numerosas democracias alrededor del mundo.
Durante mucho tiempo se creyó que las democracias morían mediante golpes de Estado, intervenciones militares o rupturas abruptas del orden constitucional.
Sin embargo, la experiencia comparada demuestra una realidad muy distinta.
y , en su ya clásica obra " ", sostienen que las democracias contemporáneas rara vez colapsan de forma repentina.
Más bien, suelen erosionarse lentamente desde dentro, mediante el debilitamiento progresivo de los controles institucionales, la deslegitimación de los adversarios políticos, el deterioro de las normas informales de convivencia democrática y la normalización de prácticas que, consideradas aisladamente, parecen inofensivas, pero cuya acumulación termina alterando el equilibrio constitucional.
La historia demuestra que las democracias suelen debilitarse por desgaste mucho antes que por ruptura.
Ese proceso comienza, casi siempre, con una ciudadana en las instituciones.
Cuando la ciudadanía concluye que los no representan sus intereses, que el Congreso carece de legitimidad, que los órganos de control son ineficaces, que los jueces responden a intereses políticos o que el Estado ha dejado de servir al interés general, aparece un terreno fértil para quienes ofrecen soluciones simples a problemas extraordinariamente complejos.
Es allí donde emergen los.
, en " ", advierte precisamente sobre este fenómeno.
Su tesis central no consiste en cuestionar la , sino en alertar sobre una peligrosa separación entre dos elementos que históricamente han convivido, la voluntad popular y el Estado constitucional de derecho.
Cuando las instituciones pierden legitimidad, el riesgo consiste en sustituir la liberal por una , donde la voluntad circunstancial de una mayoría pretende ubicarse por encima de la Constitución, de los y de los.
La historia demuestra que ese camino termina debilitando tanto la como la propia.
La no está aislada de esas tendencias globales.
Nuestra presenta importantes desafíos.
Persisten problemas de , desigualdad, , debilidad de algunos mecanismos de rendición de cuentas y una creciente distancia entre ciudadanos y organizaciones políticas.
Negar que existen importantes oportunidades de mejora sería un error.
Pero igualmente equivocado sería concluir que la respuesta consiste en destruir las que durante más de tres décadas han permitido la , el crecimiento económico, la en el poder y el fortalecimiento gradual del.
Conviene recordar que pocas naciones de América Latina han logrado combinar, durante un período tan prolongado, , crecimiento económico sostenido y sucesiones presidenciales pacíficas como lo ha hecho la desde mediados de los años noventa.
Esa estabilidad no surgió por casualidad.
Ha sido el resultado de un construido mediante acuerdos políticos, , fortalecimiento del sistema electoral y consolidación progresiva de los como instrumentos de representación democrática.
Nada de ello significa que nuestro sistema sea perfecto.
Significa, simplemente, que existe un patrimonio institucional cuya preservación debe constituir una prioridad nacional.
Probablemente sea uno de los activos más importantes que posee la y cuya defensa debe trascender cualquier coyuntura política.
Precisamente por ello, los tienen hoy una responsabilidad histórica que va mucho más allá de la competencia electoral.
En la obra de sostienen que los partidos democráticos cumplen una función insustituible como " ".
Son el primer filtro institucional frente a proyectos políticos que, aunque lleguen legítimamente al poder mediante elecciones, posteriormente pretendan debilitar las reglas que hicieron posible su propia elección.
Esta función exige una enorme.
Implica comprender que el adversario electoral no necesariamente constituye un enemigo del.
Pero también exige reconocer que existen movimientos, discursos o liderazgos que pueden instrumentalizar el para promover la concentración del poder, el debilitamiento de los o la de toda autoridad distinta de la propia.
No se trata de rechazar la.
Toda necesita , nuevas ideas y nuevas generaciones de dirigentes.
El problema nunca ha sido la aparición de.
El problema surge cuando esos liderazgos dejan de competir dentro de las reglas democráticas y comienzan a cuestionar la legitimidad de las propias reglas.
Los llamados " " pueden representar una extraordinaria oportunidad cuando enriquecen el público, impulsan reformas institucionales y fortalecen la ciudadana.
El problema aparece cuando la deja de consistir en mejorar las instituciones y pasa a consistir en.
Cuando el sustituye a las organizaciones.
Cuando la pretende reemplazar la fuerza de la Constitución y las leyes.
Cuando la sustituye al diálogo.
Cuando toda institución independiente pasa a ser presentada como un obstáculo.
Cuando el éxito político depende de convencer a la ciudadanía de que todo el sistema debe ser demolido para que pueda comenzar una "nueva etapa".
La del siglo XX y diversas experiencias latinoamericanas más recientes enseñan que el deterioro democrático raramente comienza con la supresión inmediata de las libertades.
Comienza, más bien, con la normalización del , la descalificación permanente del adversario, el debilitamiento de la y la idea de que el fin justifica cualquier medio.
Cada proceso histórico posee causas, contextos y particularidades propias.
Sería intelectualmente deshonesto equiparar, sin matices, experiencias tan distintas como la , la o la.
Sin embargo, todas ellas dejan una advertencia común que merece ser estudiada.
Esto es, que cuando las pierden legitimidad y los actores responsables no reaccionan a tiempo, las soluciones antisistema o autoritarias encuentran un terreno fértil para prosperar.
En este contexto, el sobre cualquier iniciativa legislativa debe abordarse con serenidad, con especial tecnicismo, apertura y profundo respeto por los.
Toda regulación debe superar un riguroso examen de proporcionalidad, necesidad y compatibilidad con los.
Pero, al mismo tiempo, la defensa de las libertades no puede convertirse en un pretexto para alimentar dinámicas de desinformación, extrema o descrédito sistemático de las.
Existe una diferencia fundamental que nunca debemos perder de vista.
Una no debe temer a la reforma; debe temer a la.
supone corregir, modernizar y fortalecer las reglas del juego.
Demoler implica sustituir las instituciones por la voluntad de personas o de mayorías circunstanciales.
La diferencia entre una y otra es, precisamente, la diferencia entre fortalecer la o iniciar su deterioro.
Las democracias no solo necesitan.
Necesitan también.
Necesitan responsables.
Necesitan ciudadanos críticos, pero comprometidos con el.
Necesitan instituciones que funcionen.
Y necesitan liderazgos capaces de colocar el interés nacional por encima de la rentabilidad electoral inmediata.
La ha construido, con aciertos y errores, uno de los períodos de mayor , crecimiento económico y de su historia reciente.
Ese patrimonio institucional costó décadas construirlo, pero podría deteriorarse mucho más rápido de lo que tomó consolidarlo.
La historia demuestra que la suele ser más veloz que la.
Precisamente por ello, el verdadero desafío de nuestro tiempo no consiste únicamente en perfeccionar la , sino en evitar que el legítimo termine siendo utilizado para debilitar las instituciones que garantizan nuestras libertades.
Los , con todas sus imperfecciones, siguen siendo la principal de la.
Son los vehículos mediante los cuales se articula la representación política, se canaliza la competencia electoral y se hace posible la en el poder.
Deben reformarse, modernizarse y recuperar la ciudadana, pero nunca ser sustituidos por un antisistema o la desinstitucionalización.
La necesita crítica, necesita reformas y necesita.
Lo que no necesita es perder de vista que las están por encima de cualquier persona, de cualquier mayoría circunstancial y de cualquier.
La historia enseña una lección constante que las porque un solo actor logra destruirlas; con mayor frecuencia se debilitan porque quienes estaban llamados a defenderlas dejan de hacerlo a tiempo.
No dejemos que eso ocurra en la.
Porque la no suele perderse de un día para otro.
Se erosiona lentamente cuando dejamos de defenderla.
Y cuando finalmente advertimos su deterioro, con frecuencia ya resulta mucho más difícil reconstruirla y, si esto sucede, tarde o temprano, todos terminamos perdiendo..



