¿Cómo afecta la sociedad líquida y light a la vida diaria y al debate público?
Los conceptos de 'modernidad líquida' de Zygmunt Bauman, 'sociedad light' de Enrique Rojas y 'sociedad del espectáculo' de Guy Debord explican cómo el entretenimiento y el consumo desplazan la reflexión crítica en la vida social y política. Estas ideas ayudan a los dominicanos a interpretar el entorno actual.
El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman propuso el concepto 'liquidez' en su obra 'Modernidad Líquida' (2000) para describir lo fluido, inestable y mudable de las relaciones sociales, las estructuras y los valores en la era contemporánea, en contraste con la 'solidez' de las instituciones de eras pasadas. En una 'sociedad líquida' todo es provisional o desechable, hasta los compromisos, para no atar la libertad individual. Los estilos de vida los definen el consumo, el estatus y la expectativa del éxito. Pocas cosas tienen razón duradera; se estiman por su conveniencia actual o por su valor utilitario. Cuando no reportan gratificación, se descartan o simplemente se sustituyen por otras. Las relaciones personales se vuelven efímeras y frágiles, tratadas con interés ocasional.
Por otra parte, el psiquiatra español Enrique Rojas, en 'El hombre light' (1992), se refiere a la 'sociedad light' como aquella que privilegia el placer, el éxito y el bienestar material como proyecto social de vida, en ausencia de valores absolutos y bajo la premisa de que todo está subjetivamente permitido, si no afecta a terceros. Se trata de una cultura edificada sobre cuatro pilares: hedonismo, consumismo, permisividad y relatividad.
En paralelo, Guy Debord, en 'La sociedad del espectáculo' (1967), reconoce a la 'sociedad del espectáculo' como aquella en la que las relaciones sociales no se basan en la experiencia directa, sino que están mediadas por imágenes y representaciones. Así, la auténtica vida social se reemplaza por su representación: 'Todo lo que antes se vivía directamente se ha convertido en mera representación'.
De esta manera, la historia capitalista corre desde la decadencia 'del ser al tener y del tener al mero aparecer'. Así, por ejemplo, las marcas no representan a un producto, tienen su propia identidad: clase, distinción o primor. Mario Vargas Llosa, en 'La civilización del espectáculo' (2012), retoma a Debord para explicar cómo los medios masivos y la farándula trivializan la vida social; de esta forma el entretenimiento y la diversión se convierten en el 'bien supremo', desplazando así la reflexión, el pensamiento crítico y la profundidad intelectual. A través de la historia, el poder político ha usado las formas más oscuras para domesticar a las sociedades: desde el control psicológico e ideológico, mediante la imposición de narrativas falsas, la censura o coacción, el empleo de fuerzas de choque para intimidar a disidentes, el uso de redes de espionaje y la compra de conciencias, hasta mecanismos de coerción económica como expropiaciones arbitrarias o auditorías fiscales selectivas para quebrar económicamente a opositores. En sociedades enajenadas, esas formas de dominación no son necesarias. Los mártires pasaron de moda y los héroes no se inmolan. Hoy, el poder usa las vigilancias más intangibles, sutiles y voluntarias, esas que ya vienen programadas en el propio sistema para reducir al individuo a simple pieza de un engranaje que hay que mantener en marcha a toda costa. El control desde el poder no precisa de muros físicos ni de privaciones de libertad; la tecnología y el flujo de información dominan al individuo de forma invisible. Al estar los individuos inmersos en el bienestar personal, los poderes políticos operan sin coerción material. Cada uno procura el éxito personal como proyecto de realización en el sistema. Los ricos, cuidando/acrecentando lo que tienen; los pobres, oca



