

Toda candidatura independiente supone un desafío al sistema político en que se plantea.
Alofoke, ¿presidente?
Los partidos políticos son las expresiones organizadas de la arquitectura del poder en una sociedad, de ahí que la Constitución les confiera un rol privilegiado al momento de alcanzar y gestionar el poder; un diseño de clase al servicio de una clase (y los intereses subyacentes).
El mundo está cambiando a velocidad de vértigo.
Por las razones que sea, los partidos no están conectando con la sociedad que representan y cada día se agranda el abismo que separa a la ciudadanía de los políticos.
Esto se refleja en altas tasas de abstención electoral, mercantilización del voto, quiebra de los partidos políticos tradicionales, erosión de la representatividad, etc.
El fenómeno ocurre en Occidente, y, en Latinoamérica, tanto Argentina, Ecuador, Brasil, El Salvador como Colombia, constituyen recordatorios (y advertencias) de que los sistemas no están funcionando correctamente.
Precisamente porque ayer se decidían las elecciones colombianas entre un outsider –Espriella– y un candidato sistémico –Cepeda–, cobra vigencia el anuncio del ciudadano Santiago Matías de que aspiraría a la presidencia de la república, y de que toda su estrategia de financiamiento se haría con donaciones privadas de ciudadanos interesados.
Su publicación –como manda el manual– constituye un cuestionamiento estructural a los fundamentos del sistema político, un enfoque que desafía las reglas electorales tradicionales.
Hay que recordar que, en julio de 2019 Matías coqueteó con una candidatura a diputado por el PLD (en esa ocasión señaló: “No voy a aceptar dinero del partido para hacer mi campaña, no daré pica pollo, romo y 500 pesos para que voten por mí”; y que, tras el anuncio de Medina de que no iría en 2020, planteó la posibilidad de buscar la candidatura presidencial.
Ya de 2020 a 2026 se puede dar seguimiento a sus participaciones y opiniones políticas con una leve búsqueda en Google (llamada del presidente Abinader, explicándole su decisión en El Romero, incluida).
Es decir, no debería ser sorpresa, ni su interés en la política, ni su intención de ser candidato presidencial, ni su modalidad de financiar esa campaña.
Las señales estaban ahí, frente a los ojos de todos.
Que los teóricos de los antiguos astronautas de la comunicación de Palacio decidieran no verlas; que funcionarios de primer nivel de este gobierno decidieron apoyar esas aspiraciones; que el 45.68% de los dominicanos no votaron en 2024; que el 55% no simpatizan por ningún partido; que Quique (sabichoso como él solo) propuso al PRSC como bypass operativo al torniquete del TC; que Matías posteó el tuit un domingo y puso a todo al mundo a hablar sobre eso; y que todo eso ocurre mientras el PRM discute quién será su candidato; la FP apuesta a una guerra fratricida como solución dialéctica y el PLD se recompone… constituyen realidades que no pueden verse como “variables” aisladas.
En todo caso, desde ayer, las elecciones de 2028 lucen interesantes.
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