Especialista advierte que intervenir a los 20 años es llegar tarde; pide fortalecer familias y valores
La psicóloga clínica y terapeuta familiar y de pareja, directora del Centro de Sanidad Emocional y Psicoterapia, plantea que detrás de cada joven delincuente hay un niño que creció sin afecto, límites ni oportunidades. La reflexión invita a la sociedad dominicana a mirar la raíz del problema antes de que sea tarde.
Cada vez vemos más noticias de jóvenes involucrados en atracos, asesinatos y otros hechos violentos. Muchachos de 16, 18, 20 o 25 años que terminan presos, muertos o destruyendo la vida de otra persona. Y cuando una sociedad está cansada de la delincuencia, lo primero que piensa es: hay que sacarlos de las calles. Pero la especialista se pregunta: ¿qué pasó con ese muchacho antes de llegar hasta ahí?
No se justifica a nadie. El que roba, mata o agrede tiene que responder por lo que hizo. Cada persona toma decisiones y debe asumir sus consecuencias. Pero antes del delincuente hubo un niño. Un niño que quizá creció con una madre sola tratando de sobrevivir, con un padre ausente que no le dio apoyo ni corrección, en una casa donde nadie sabía poner límites o donde los límites eran golpes y gritos. Un niño que aprendió temprano que tenía que defenderse solo.
Posiblemente creció viendo violencia en su casa, entre vecinos, con carencias, abandono y frustración. Y después salió a la calle. Y la calle lo educó. Ese adolescente que en su casa no encontró atención, pertenencia, límites ni dirección, lo va a buscar donde se lo den. Cuando ve que los muchachos que tienen dinero, motores, ropa cara y respeto son los que 'hacen la vuelta', el tiguere de la esquina, empieza a mirar ese estilo de vida como la opción más fácil para conseguir lo que quiere.
La pobreza no destina a nadie a delinquir, pero junto a la ausencia de afecto y límites en su familia es un caldo de cultivo. El lugar donde un niño crece, lo que ve, lo que vive y las oportunidades que tiene, influyen en sus decisiones. El problema es que queremos intervenir cuando ya tiene 20 años, anda armado y se convirtió en una amenaza para otros. Y muchas veces llegamos tarde. Había que intervenir cuando tenía cinco años y necesitaba protección; cuando tenía ocho y necesitaba límites; cuando tenía doce y comenzó a juntarse con personas que lo estaban llevando por otro camino; cuando tenía quince y necesitaba que alguien creyera en él, lo orientara, lo pusiera a estudiar, a trabajar, a practicar un deporte o simplemente le mostrara que existía otra manera de vivir.
Queremos calles más seguras y tenemos derecho a exigirlas. Pero también tenemos que preguntarnos qué estamos haciendo con los niños que están creciendo hoy en nuestros barrios. Porque no basta con perseguir al delincuente cuando ya está hecho. Hay que mirar a la familia, la crianza, la escuela, el barrio, las oportunidades y los adultos que estuvieron o no estuvieron cerca de ese niño cuando era más vulnerable y maleable. Y si queremos sanar la sociedad, también tendremos que comenzar por sanar y fortalecer a sus familias, cultivando valores y principios cuando aún hay tiempo.

