Nacional

Cómo las carreteras y el fin de las fichas de ingenio crearon el mercado interno dominicano

Un recorrido histórico explica por qué la economía nacional necesitó caminos y salarios en efectivo

La formación de un mercado interno en la República Dominicana requirió carreteras que conectaran productores y consumidores, y el fin del pago con fichas en los ingenios azucareros, una práctica que limitaba el comercio local.

En 1930, la República Dominicana era un país fundamentalmente rural. La agricultura ocupaba a buena parte de la población, las ciudades eran pequeñas y muchas comunidades permanecían escasamente comunicadas entre sí. Existía producción y comercio, pero aún estaba en proceso de formación algo indispensable para dar el salto hacia una economía más moderna: un mercado interno verdaderamente nacional. Ese mercado somos nosotros mismos: quienes producimos, trabajamos, cobramos un salario, vendemos y compramos dentro del país. Para desarrollar una industria nacional no basta con construir fábricas; se necesita gente que pueda comprar lo que esas fábricas producen.

Un agricultor dominicano de aquellos años podía producir arroz, habichuelas, maíz, plátanos o cualquier otro alimento, pero si no había caminos adecuados para sacar su cosecha, sus posibilidades de vender terminaban muy cerca de su comunidad. Una carretera cambiaba esa realidad: permitía que la cosecha llegara a otros pueblos, aparecía el transportista, el comerciante podía adquirir productos de lugares más distantes, se ampliaban los almacenes y colmados y las mercancías comenzaban a recorrer mayores distancias. Por eso una carretera no solamente comunica dos pueblos, también comunica al productor con el consumidor. Este proceso no comenzó con Trujillo: durante la ocupación estadounidense de 1916 a 1924 se construyeron importantes vías de comunicación que contribuyeron a conectar las principales regiones del país, y el gobierno de Horacio Vásquez recibió parte de esa infraestructura y continuó el proceso. Cuando Trujillo llegó al poder en 1930, encontró una base sobre la cual continuar trabajando.

Había otro obstáculo para la formación de ese mercado: durante años algunos ingenios azucareros utilizaron fichas y vales como forma de pago a sus trabajadores. Aquellos instrumentos circulaban fundamentalmente dentro del entorno económico de las propias empresas y estaban estrechamente vinculados a sus bodegas. El trabajador laboraba, pero no siempre recibía un salario con la libertad de circulación que proporciona la moneda de curso legal. El problema no era simplemente que hubiera una tienda dentro del ingenio, sino que la forma de pago podía terminar condicionando dónde compraba el trabajador, afectando también al comerciante independiente. Si una parte importante de los salarios quedaba circulando dentro del ingenio, ese dinero no llegaba al colmado del pueblo, al pequeño comerciante ni a otros productores.

El problema venía de antes de Trujillo. Ya en las primeras décadas del siglo XX trabajadores y comerciantes habían protestado contra ese sistema. En 1934, durante el régimen de Trujillo, la Ley núm. 740 intervino sobre aquella práctica, prohibiendo el pago de salarios mediante fichas y vales y procurando que el trabajador recibiera dinero de curso legal. Desde el punto de vista local, esta medida y la construcción de carreteras sentaron las bases para que el dinero circulara más allá de los ingenios y llegara a los colmados, pequeños comerciantes y productores de las comunidades.

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