Imagen generada con IA A ella el café siempre le queda perfecto; a mí solo a veces me queda mal, como si la cafetera supiera qué días traigo la cabeza en otro lado.
El café de la tarde
El rincón del piso, con las ventanas abiertas y el paso de los aviones a nuestra vista, entre su técnica impecable y mis intentos, se monta nuestra mesa de operaciones.
Son tardes para calmar el día, de risas, de planes lanzados al aire, de "viste tal noticia", días donde nos damos el lujo de no coincidir en nada y discutirlo todo, porque la confianza nos permite la diferencia.
Pero también hay tardes de mudez.
Nos sentamos y no decimos nada… un silencio de esos que no pesan porque nos conocemos las batallas.
Mientras voy por la primera taza, ella a lo mejor va por la segunda.
Es su ritmo, su forma de recargar para lo que falta de estadía.
Esa tarde de café, el mundo de afuera deja de joder.
No hace falta mucha literatura: un café bien colado, dos tazas para ella y la paz de saber que, en esa mesa, por fin “se siente en casa”.
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