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RD y caperucita roja

Había una vez una niña que caminaba por un bosque. Su madre le había advertido que tuviera cuidado, porque en aquel lugar podía encontrarse con el lobo. Caperucita conocía el riesgo, pero siguió caminando. El cuento nos enseñó que el peligro no siempre se anuncia, que puede aparecer cuando menos lo esperamos y que ignorar una advertencia no hace desaparecer la amenaza.

República Dominicana también tiene su propio bosque y, aunque no haya un lobo escondido entre los árboles, vivimos sobre y cerca de importantes fallas geológicas que nos hacen vulnerables a los terremotos. Lo sabemos. La ciencia lo advierte. La historia también. Sin embargo, pareciera que, mientras el suelo permanece tranquilo, nosotros también tranquilizamos nuestra conciencia.

El problema no es que podamos predecir cuándo ocurrirá un terremoto. No podemos. El verdadero problema es que todavía actuamos como si la incertidumbre fuera una razón para no prepararnos. Y precisamente porque no sabemos cuándo ocurrirá, la prevención debería ser permanente.

Un terremoto no distingue entre ricos y pobres, entre gobiernos y ciudadanos, entre instituciones públicas y privadas. Pero sus consecuencias sí pueden ser diferentes. Una sociedad preparada puede reducir pérdidas humanas y materiales; una sociedad improvisada puede convertir un fenómeno natural en una tragedia de enormes dimensiones.

Por eso, hablar de terremotos no debería reducirse a recordar las fallas geológicas cada vez que ocurre un movimiento de tierra. La verdadera discusión debe estar en nuestras edificaciones, en el cumplimiento de las normas de construcción, en la supervisión de las obras, en la planificación urbana, en la preparación de hospitales y escuelas, en los sistemas de emergencia y en la educación de la población.

¿Sabemos qué hacer cuando comience un terremoto? ¿Lo saben nuestros niños? ¿Están preparadas nuestras escuelas? ¿Nuestros hospitales? ¿Las instituciones públicas? ¿Los edificios donde trabajan miles de personas? ¿Tenemos rutas de evacuación, puntos de encuentro y protocolos que realmente conozcamos y practiquemos?
Porque un protocolo que nadie conoce es apenas un documento. Y un simulacro que se realiza solamente para cumplir con una actividad tampoco constituye una cultura de prevención.

Aquí está quizás nuestra mayor vulnerabilidad: no necesariamente la existencia del riesgo, sino la distancia entre saber que existe y actuar en consecuencia.

Caperucita no podía eliminar al lobo ni modificar el bosque. Lo que podía hacer era escuchar la advertencia, conocer el camino y tomar precauciones. Nosotros tampoco podemos impedir un terremoto. No podemos ordenar a las placas tectónicas que se detengan. Pero sí podemos decidir cómo construimos, cómo educamos, cómo planificamos y cómo respondemos.

La prevención no produce titulares porque su éxito consiste precisamente en que nada ocurra. Un puente que resiste, una escuela que permanece en pie, un hospital que continúa funcionando y una familia que sabe qué hacer durante los primeros minutos de una emergencia no suelen convertirse en noticia. Pero detrás de cada uno de esos resultados existe una decisión previa: prepararse.

Quizás hemos esperado demasiado a que la amenaza se haga visible para comenzar a preocuparnos. Y ese es uno de los mayores errores de las sociedades modernas: confundir la ausencia de una tragedia con la ausencia del riesgo.
República Dominicana no necesita vivir con miedo a los terremotos. Necesita vivir con conciencia de su vulnerabilidad.

Porque el miedo paraliza; la prevención prepara.

Y quizás esta sea la verdadera enseñanza que podemos extraer de Caperucita Roja: el problema no es que el lobo esté en el bosque. El verdadero problema sería seguir caminando como si no supiéramos que está allí.

La pregunta ya no debería ser ¿cuándo ocurrirá el próximo terremoto?

La pregunta que sí podemos responder es mucho más incómoda:

Qué estamos haciendo hoy para que, cuando ocurra, República Dominicana esté preparada.

Por MERY VALERIO

El Biran

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