
(Cuento inédito ambientado en la Era de Trujillo)
Era el mes de enero de 1961. El año nuevo fue tan frío en celebración como el clima. O quizá más. No habían cesado en todo el país ni la conmoción ni la pena causadas por el asesinato de las hermanas Mirabal, ocurrido en el mes de noviembre del año que recién había partido, dejando tras de sí una amarga desesperanza en la gente.
En el pequeño pueblo de El Derrumbadero, en la región oriental del país, el día amaneció con brisa invernal suave y olor a café de pilón recién colado. Esther Ogando se peinó con esmero frente al espejo colgado en la pared de madera, ajustándose la trenza con una cinta azul celeste. Tenía 23 años y un anhelo callado de seguir estudiando, aunque los limitados recursos de su familia no garantizaban mucho. La escuela nocturna había quedado atrás cuando murió su padre y, desde entonces, el sustento de la casa reposaba en las manos de su madre y en la fe hacia Dios.

En la esquina del parque municipal que da hacia el Santuario del Santo Cristo de los Milagros, un joven canillita vendía el periódico oficial del régimen. La Nación traía un titular en su última página, en un pequeño recuadro, que el joven convirtió en pregón para llamar la atención de los potenciales compradores:
—«Se busca joven decente para servicio doméstico. Buen salario, comida, alojamiento. Dirigirse a la calle José Joaquín Pérez, núm. 42, sector Gazcue de la Capital».
Esther compró el diario y comprobó la información. Con la alegría de quien ve abierta la puerta del cielo para entrar con los pecados perdonados, casi corrió a contarle a doña Eduviges, su madre, quien, frunciendo el ceño como muestra evidente de desaprobación o duda, no le gustó la idea, pero Esther insistió:
—Es sólo trabajo, má. No es pecado buscar futuro —dijo la hermosa joven.
Pasaron dos días. Esther decía y decidía. Era su carácter. Guardó en una bolsa una blusa blanca y otra azul, dos faldas y una pequeña libreta de versos que escribía en secreto, dirigiéndose luego a la casa curial en procura del padre Emiliano. El religioso ya conocía los planes de su sobrina y había orado por ella. Le consiguió el pasaje y le escribió una recomendación con su sello eclesiástico.
Eran las 9:00 de la mañana de un martes. Ya los Reyes Magos iban lejos, igual que las Navidades. Esther abordó el ferrocarril cañero que llegaba hasta San Isidro, donde tomaría una guaguaguita que la llevaría hasta el Parque Independencia de la Capital. Desde la ventanilla, El Derrumbadero se fue desdibujando en su mirada llena de esperanza y de ilusión.
La casa Robles quedaba entre la avenida Independencia y el malecón. Tenía una verja negra con puntas doradas, rosales silvestres en los bordes y un silencio que olía a cosas encerradas. El señor Robles —diputado y hombre del Jefe, se decía— no le dirigió palabra. Fue la esposa quien le mostró la cocina, la habitación de servicio y las reglas de la casa.
—Aquí se obedece sin hablar de más —le dijo, sin molestarse en mirarla a los ojos, con aire de superioridad.
El hijo, Julio Robles, tenía unos 25 años, cabello peinado con gomina y sonrisa de quien nunca escucha un no. Esther sintió que su mirada le pesaba en la espalda, luego de saludarla fríamente y alejarse por el amplio pasillo que conducía a la cocina. Una de las empleadas le susurró al pasar:
—¡Cuídate… las otras no duraron!
Una semana después, Esther envió una carta a su madre. Fue la última de su continuo epistolario: «Estoy bien, ma. El trabajo es duro y abusivo, pero me voy acostumbrando. Recuerdo que una vez me dijiste que la necesidad tiene cara de hereje. Si consigo ahorrar, tal vez pueda retomar los estudios. Reza por mí, má. Te recuerda siempre, tu hija Esther».
Jamás llegó a El Derrumbadero otra carta firmada por Esther. Ninguna señal de su existencia o paradero. Transcurridos dos meses, por el mes de abril, una mujer nativa de San Cristóbal, que sabía mucho de las orgías de El Jefe en la Casa Blanca de la Hacienda María y en famosa Casa de Caoba, le confesó a doña Asunción, la madre de Esther, haber sido empleada en esa misma casa de la familia Robles y que logró salir de allí viva por un tío de ella «encompadrao» con el tirano. Dijo que Julio había embarazado a dos adolescentes. Una, de apenas diecinueve, murió durante un aborto clandestino ordenado por él. La otra desapareció rumbo a Barahona, según le habían contado a ella.
Las autoridades de la Capital, a solicitud de la madre de Esther, simularon investigar la desaparición de Esther. Cuando la desolada madre iba a la casa de los Robles a preguntar por su hija, el portón de la mansión de la poderosa familia permanecía cerrado. El Diputado alegó, al ser entrevistado por la policía, que ella se había marchado voluntariamente. «Muchacha inestable esa», había dicho en torno cínicamente.
En El Derrumbadero, su madre conservó durante años la última carta de Esther, ya arrugada de tanto haberla releído, como si fuera prueba de vida. Cada enero, prendía una vela en su nombre. Nunca apareció el cuerpo de su hija.
Nunca la familia denunció a través dela prensa su desaparición por temor y porque sabía que sería inútil. De Esther sólo quedó su nombre escrito con lápiz en la contraportada de un cuaderno escolar de pequeño formato:
«Esther Ogando
5to. curso de la primaria»
Y nunca apareció el cuerpo de la hermosa joven; nunca se hizo justicia. Pero en El Derrumbadero, el nombre de Esther Ogando aún se pronuncia con respeto y dolor. Y la carta, en su caligrafía clara, sigue siendo el testimonio de una muchacha que soñaba con estudiar, amar y vivir, a la que el miedo del país le robó hasta el derecho de ser buscada.
*Autor del libro Lecturas para viajeros: cuentos y relatos muy breves (Ediciones CEDIBIL, 2019).
Por Miguel Collado*



