
Félix Sánchez pudo haber construido su carrera bajo otra bandera.
Hijo de padres dominicanos y criado en Estados Unidos, contó hace unos días en Abriendo el Podcast, el espacio de Ricardo Rodríguez y Vian Araujo, que durante años no terminó de reconocerse plenamente en ningún lugar, y que ponerse la bandera dominicana en el pecho no bastó: la pertenencia tuvo que construirla.
Su historia condensa una distinción que la minería todavía no ha terminado de asumir: estar en un territorio no es lo mismo que pertenecer a él.
Y en esa distinción, sostengo, comienza la próxima etapa del sector: el paso de la licencia social para operar al deber de pertenecer.
Con el tiempo, Félix lo logró.
Se convirtió en uno de nuestros grandes atletas y en algo más profundo: alguien que encontró en este país un lugar al cual pertenecer y a quien el país terminó reconociendo como propio.
Esa pertenencia fue real porque fue recíproca.
Una empresa minera puede permanecer veinte o treinta años en un territorio, generar empleo, pagar impuestos, contratar proveedores y cumplir sus obligaciones legales y ambientales sin llegar nunca a pertenecer a él.
Todo eso importa, pero describe una presencia, no un vínculo.
Ni los años de operación ni el tamaño de la inversión garantizan arraigo.
Una compañía puede seguir siendo vista, después de décadas, como alguien que llegó de afuera, aprovechó una oportunidad y algún día se marchará.
Y cuando siguen existiendo dos realidades separadas —"la mina " por un lado, "la comunidad " por otro—, cualquier dificultad se convierte rápidamente en una disputa entre propios y extraños.
Félix Sánchez pudo haber construido su carrera bajo otra bandera.
Durante años el sector ha construido su relación con las comunidades sobre un vocabulario valioso: responsabilidad social, inversión comunitaria, relacionamiento con grupos de interés y, sobre todo, licencia social para operar.
Este último concepto supuso un avance real, porque reconoció que el permiso legal no basta y que la aceptación de la comunidad es condición para trabajar.
Pero la licencia social conserva la lógica de un permiso.
La comunidad aparece como la instancia que concede o retira; la empresa, como la parte que solicita, gestiona y renueva.
Su pregunta de fondo es qué necesita la comunidad de nosotros para aceptarnos, y esa pregunta se responde con programas y presupuestos.
Una licencia se obtiene, se mantiene o se pierde, pero no echa raíces.
De ahí que una empresa que solo es tolerada descubra su fragilidad cuando llega el conflicto, y que suela cometer entonces el error más costoso: intentar construir confianza justo cuando ya se necesita.
La nueva etapa exige elevar el concepto: de la licencia social al deber de pertenecer.
Entiendo por deber de pertenecer la obligación —ética antes que legal— que asume una empresa de integrarse como miembro responsable del territorio donde opera: ligar su destino al de la comunidad mientras permanezca en ella, rendirle cuentas como se rinden entre vecinos y dejar, cuando se vaya, más capacidades de las que encontró.
La diferencia no es semántica.
La licencia es algo que la empresa recibe; el deber es algo que la empresa asume.
Hijo de padres dominicanos y criado en Estados Unidos, contó hace unos…
La primera mira hacia la aceptación; el segundo, hacia la contribución.
Por eso cambia también la pregunta: Responderla exige lo que ningún presupuesto garantiza por sí solo: tiempo, presencia, coherencia, escucha y memoria compartida.
Exige conocer la historia del territorio y entender que detrás de cada conversación sobre agua, tierra, empleo o desarrollo hay experiencias acumuladas durante generaciones.
Y supone que los habitantes dejan de ser "grupos de interés" para convertirse en vecinos.
Como todo deber, este se demuestra en conductas concretas: contratar localmente para desarrollar capacidades que permanezcan; formar proveedores que sobrevivan a la operación; invertir en educación pensando en las próximas generaciones; preparar el cierre desde el primer día; y participar en las conversaciones sobre el desarrollo del territorio aun cuando no tengan relación inmediata con la producción.
Se ejerce también en lo que nadie publica: en reuniones sin cámaras, en problemas pequeños que se atienden, en compromisos que se cumplen y en la disposición a escuchar cuando no hay una crisis que resolver, incluso si la respuesta no será la esperada.
La confianza no se improvisa en el conflicto: se acumula antes.
Pertenecer no elimina los desacuerdos.
Una comunidad puede sentir como propia a una empresa y, al mismo tiempo, reclamarle, exigirle mejores condiciones, expresar preocupaciones ambientales u oponerse a algunas de sus decisiones.
La diferencia es que el conflicto ocurre dentro de una relación con raíces: hay interlocutores, hay historia, y las partes no empiezan a conocerse el día en que aparece el problema.
El arraigo no garantiza el apoyo, pero ofrece algo más valioso: una relación desde la cual conversar.
Su historia condensa una distinción que la minería todavía no ha terminado…
Si una primera etapa de la minería moderna se definió por el cumplimiento legal y una segunda por la búsqueda de licencia social, la tercera debería definirse por el deber de pertenecer.
Ya no basta con preguntarse qué debe hacer una empresa para ser aceptada por una comunidad.
La pregunta más exigente es qué debe hacer para llegar a ser considerada parte de ella.
Esa condición no se compra ni se comunica: se demuestra, y la otorgan otros.
No basta con que la empresa diga "somos parte de esta comunidad ".
La verdadera prueba llegará cuando sean sus habitantes quienes, algún día, puedan decir: Esa frase valdría más que cualquier campaña institucional, porque significaría que la empresa dejó de ser una concesión, un empleador o un contribuyente para convertirse en un vecino.
Y ser vecino implica asumir que la mina cerrará algún día, pero la comunidad permanecerá.
Lo que quede —capacidades productivas, empresas locales, infraestructura útil, instituciones fortalecidas, capital humano y la memoria que el territorio conserve de esa presencia — será la medida final de si hubo pertenencia o solo estancia.
Félix Sánchez eligió pertenecer, y esa decisión transformó tanto la manera en que se veía a sí mismo como la manera en que un país entero lo reconoció.
Las empresas que permanecen durante décadas en nuestros territorios deberían hacerse una pregunta semejante.
No solamente: Sino también: Porque permanecer muchos años en un lugar demuestra presencia.
Y en esa distinción, sostengo, comienza la próxima etapa del sector: el…
Solo echar raíces permite decir que se pertenece.
Director Ejecutivo, Cámara Minera Petrolera de la República Dominicana..



