

La lectura, en la edición dominical del Listín Diario del 21 de junio de 2026, de “La inteligencia que le falta a la inteligencia artificial”, de Anne-Marie Slaughter y Avni Patel Thompson, llevó a reflexionar sobre dos ideas fundamentales para comprender los límites de la inteligencia artificial y el valor de las relaciones humanas.
La conexión humana como bien irremplazable
Primero, la noción de inteligencia relacional, entendida como la capacidad de afrontar dilemas en los que intervienen valores y responsabilidades personales.
Las autoras sostienen que existen decisiones que no pueden resolverse únicamente mediante datos, algoritmos o cálculos de eficiencia.
Son situaciones en las que influyen la familia, la amistad, la lealtad y el deber hacia los demás, casos, que la inteligencia artificial podría abstenerse de ofrecer una respuesta definitiva porque carece de la experiencia necesaria para comprender el significado de esas relaciones.
Como consecuencia, las personas dependerían unas de otras para resolver esos dilemas.
Lejos de ser una limitación, ello preserva una dimensión esencial de la condición humana.
La otra idea surge consecuencia de la anterior.
Si la tecnología llegara a sustituir esos espacios de diálogo y discernimiento, podrían debilitarse los vínculos que sostienen nuestras comunidades.
Muchas relaciones se fortalecen cuando buscamos orientación, compartimos preocupaciones o acompañamos a quienes enfrentan dificultades.
En esos intercambios se construyen la confianza, la solidaridad y el sentido de pertenencia.
Por ello, las autoras advierten que una inteligencia artificial capaz de responderlo todo podría generar un riesgo inesperado: la erosión de las conexiones humanas.
Preservar los espacios de encuentro, consejo y comprensión mutua constituye una necesidad indispensable para la vida en sociedad y para el fortalecimiento del bien común.
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