
Sana al Mundo
Hay cosas que uno quisiera no tener que escribir nunca. Hay historias que, por su naturaleza, deberían provocar silencio, indignación y un profundo sentido de protección hacia quienes las padecen.
Esta semana me encontré con un contenido difundido en redes sociales que utiliza, como recurso humorístico, un caso de abuso sexual contra una niña. No voy a reproducirlo ni a entrar en detalles que puedan revictimizarla. Tampoco me interesa convertir a sus protagonistas en el centro de esta reflexión.
Me interesa algo mucho más serio: preguntarnos en qué momento comenzamos a considerar que todo puede convertirse en contenido.
Quiero hacer una aclaración: mi preocupación por la protección de los niños frente a determinados contenidos no nació con la responsabilidad que hoy tengo al frente de una institución cultural. Es una preocupación que me ha acompañado durante toda mi vida y que he expresado en distintos escenarios y desde distintos espacios.
Hoy, además, tengo la responsabilidad de dirigir un espacio dedicado a la cultura y al desarrollo de niños y adolescentes. Pero antes de ocupar ese puesto ya entendía que una sociedad que realmente quiere proteger a sus niños tiene que preocuparse también por aquello que les permite ver, escuchar y normalizar.
Por eso llevo años insistiendo en la necesidad de establecer mayores controles y responsabilidades sobre los contenidos que circulan en las redes sociales y que llegan, muchas veces sin ningún filtro, hasta nuestros niños.
Y no hablo de censura.
La libertad de expresión es un derecho fundamental. El humor también puede ser una herramienta poderosa para cuestionar, denunciar y provocar reflexión. Pero la libertad de expresión no debería convertirse en un salvoconducto para banalizar el sufrimiento de una víctima, y mucho menos cuando esa víctima es un niño.
Hay una diferencia enorme entre hacer sátira sobre un abusador y convertir el sufrimiento de una niña abusada en motivo de risa.
Una diferencia que, como adultos, deberíamos ser capaces de reconocer.
Las redes sociales han cambiado radicalmente la manera en que nuestros hijos reciben información. Antes existían espacios y figuras que ejercían algún tipo de mediación: padres, maestros, medios de comunicación, editores, productores. Hoy un niño puede encontrarse, en cuestión de segundos, con imágenes, palabras y situaciones que ningún adulto responsable permitiría colocar deliberadamente frente a él.
Y lo más preocupante es que algunos contenidos se diseñan precisamente para provocar reacciones: indignación, morbo, sorpresa, risa o escándalo. Porque mientras más reacción generan, más circulan.
Así se construye una peligrosa lógica: si produce audiencia, entonces sirve.
Pero no todo lo que genera audiencia merece ser publicado.
No todo lo que puede hacerse debe hacerse.
Y no todo lo que hace reír es inocente.
Quienes trabajamos con niños sabemos que ellos no siempre tienen las herramientas emocionales para interpretar correctamente aquello que consumen. La repetición puede normalizar conductas. La exposición constante puede disminuir la sensibilidad frente a la violencia. Y aquello que un adulto entiende como una provocación humorística puede ser recibido por un niño simplemente como una representación aceptable de la realidad.
Por eso me preocupa profundamente cuando veo que se trivializan temas como el abuso sexual infantil.
El abuso no es un chiste.
Una niña abusada no es un personaje.
Su dolor no es contenido.
Y su cuerpo, su dignidad y su historia no deberían convertirse jamás en materia prima para conseguir seguidores, comentarios o reproducciones.
Creo que debemos comenzar una conversación mucho más seria sobre la responsabilidad digital. No solamente de las plataformas, sino también de los creadores de contenido, de los medios, de los padres, de las instituciones educativas y culturales y, en definitiva, de todos los adultos.
Necesitamos enseñar a nuestros niños a navegar las redes, sí. Pero también necesitamos exigir que las redes sean espacios menos hostiles para ellos.
No podemos pedirle a un niño que se proteja solo de un mundo digital que nosotros, los adultos, nos hemos negado a ordenar.
Durante años he insistido en que necesitamos mayores controles. Hoy lo reitero con más fuerza: proteger a nuestros niños no significa silenciar al mundo; significa poner límites allí donde comienza el daño.
Como sociedad tenemos que decidir qué estamos dispuestos a normalizar.
Porque el día que nos parezca gracioso el sufrimiento de un niño, el problema ya no estará solamente en quien hizo el contenido.
Estará también en nosotros, si decidimos mirar hacia otro lado.
Los niños no necesitan que los adultos les enseñemos a reírse del dolor. Necesitan que les enseñemos a reconocerlo, rechazarlo y protegerse de él.
Por Amerfi Cáceres
La autora es periodista, locutora, Lic en Leyes, empresaria, líder comunitaria
Directora de la Biblioteca Infantil y Juvenil República Dominicana



