Economia

Lo que perdimos sin darnos cuenta

Al ver un es difícil que pensemos en lo que realmente es, y ese es el problema: lo vemos.

Lo disfrutamos por su sombra o su fruta, pero no pensamos en lo que hace: sostener la tierra bajo nuestros pies, filtrar el que después bebemos, frenar la lluvia antes de que se convierta en avalancha.

Un es.

Y, como toda ,.

La de nuestros no se resuelve solo —que hace falta—, sino entendiendo.

La dominicana comenzó casi al mismo tiempo que empezamos a existir como.

Los españoles no llegaron buscando árboles, sino oro, y cuando el oro escaseó se quedaron con la tierra.

Ahí empezó todo: la que se fueron en barcos hacia Europa durante trescientos años, mientras aquí quedaba el hueco.

Lo que más inquieta es la detrás de aquello.

La nunca fue vista como un lugar para habitar en equilibrio, sino como un.

Y esa no terminó con la.

El período colonial fue un despojo lento; el fue un incendio.

La , primero, y después los aserraderos de los años cuarenta y cincuenta consumieron lo que quedaba de bosque virgen.

En apenas tres o cuatro décadas, bajo la , el país perdió la mayor parte de su cobertura forestal original.

Y aquí es donde la historia se interpreta de otra forma.

Porque no fue hasta cuando el empezó a frenar en serio la destrucción.

No nació de una conciencia colectiva ni de un clamor popular.

Nació, en buena parte, de una.

Reaccionamos cuando alguien de afuera nos señala, no cuando lo sentimos como propio.

Cuando se una loma, lo primero que se pierde no es el : es el que ese sostenía.

Sin raíces que la agarren, la tierra queda expuesta a la lluvia, y esta se lleva capas enteras de fértil hacia los.

Eso es y, en las partes altas de nuestras cuencas —donde más se ha talado por madera, conucos o ganado—, ocurre todos los días.

Ese arrastrado termina en los y, finalmente, en las.

Ahí se llama , y es uno de los problemas menos visibles pero más graves que enfrenta el país.

Es un traslado silencioso: la montaña que perdimos allá arriba termina asfixiando el embalse que necesitamos aquí abajo.

Y todo esto desemboca, al final, en lo más básico: el que tomamos, con la que regamos, con la que se mueve buena parte de la economía agrícola del país.

significa menos capacidad para absorber y regular el de lluvia, más sequías y que —además de llenarse de sedimento— ya no pueden almacenar lo que deberían.

No es una amenaza lejana ni abstracta.

Es la explicación de por qué hay comunidades donde el llega racionada o por qué algunos agricultores ven sus cosechas depender cada año más de la suerte que del clima.

Lo más grave de la no es solo la tierra que perdimos, sino la manera como la perdimos: sin ceremonia, sin que nadie la llorara.

No hubo un día en que el país se detuviera a llorar un bosque.

Se fue yendo, , hasta que se volvió normal ver y preguntarnos cómo se veían esas mismas montañas hace cien años.

Y ahí está la : hereda un y lo toma como punto de partida, sin saber que sus abuelos conocieron algo más frondoso.

Así se normaliza la pérdida: no de golpe, sino por costumbre.

está bien, y ojalá se siga haciendo a mayor escala.

Pero mientras sigamos viendo el bosque como paisaje y no como la que en realidad es —la que evita que se nos vaya la tierra, la que llena de limpia nuestras , la que decide si un agricultor tiene con qué regar el año próximo—, vamos a seguir plantando árboles con una mano mientras con la otra permitimos que se sigan talando las cabeceras de nuestros.

La no es sembramos, sino si entendimos ..

El Biran

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