La Sagrada Familia, una obra que trasciende vidas, como las naciones que se construyen con visión
La historia de la Sagrada Familia, inconclusa tras la muerte de Antoni Gaudí, ofrece una reflexión sobre la construcción de país, un tema que resuena en la vida pública dominicana y latinoamericana.
Hay obras que no nacen para ser comprendidas de inmediato. La Sagrada Familia de Barcelona es una de ellas. Antoni Gaudí murió sin verla terminada, pero la imaginó, la levantó parcialmente y dejó a otros la responsabilidad de continuarla. Esa es una de las grandes lecciones de toda obra monumental: quien la inicia no siempre la concluye.
George Orwell describió la Sagrada Familia como uno de los edificios más horrendos del mundo. Su juicio revela que toda gran obra en proceso acumula detractores proporcionales a su ambición. Quienes observan una construcción inconclusa y solo ven desorden no están mirando el edificio; están mirando su propia impaciencia.
Esa misma tensión entre el juicio apresurado y la comprensión que madura despacio define la vida pública de nuestras sociedades. Una nación no se construye con impulsos ni con sentencias apresuradas, sino con continuidad, instituciones, reglas claras, visión de largo plazo y capacidad para sostener conversaciones difíciles sin destruir lo que aún puede mejorarse.
América Latina tiene sobradas razones para reconocerse en esta trampa: confundir velocidad con progreso. Queremos resolver en semanas problemas acumulados durante décadas. Pero nada importante se edifica así. La prisa puede levantar estructuras, pero no necesariamente construye país. Construir país exige aceptar que hay tareas que requieren método, paciencia y responsabilidad histórica.



